Cuando los funcionarios públicos hablan –y habremos de escuchar este discurso con frecuencia en los próximos años- de la necesidad de apoyo de la iniciativa privada a las actividades culturales, olvidan que nuestros empresarios, en estos terrenos, se han mostrado hasta hoy más bien “privados de iniciativas”.
La “ciudadanización” de las instituciones culturales tendría que pasar, en todo caso, por la renuncia a las grandes (e incluso nobles) políticas y programas impuestos desde la cúpula para aplicarse a apoyar y difundir las pequeñas (pero eficientes) iniciativas de los protagonistas del arte y la cultura.
Dos de estas importantes propuestas se celebran actualmente en México y cumplen, ambas, tres años de edad. El Encuentro Internacional de Teatro del Cuerpo (del que daremos cuenta la próxima semana) y el Festival Internacional Música y Escena que acoge, como muestra de sensibilidad e inteligencia, el Centro Cultural Helénico.
En ambos casos, sus impulsores son artistas distinguidos, atentos al devenir mundial de su disciplina y con una área específica de interés. En el caso del Festival Música y Escena, la iniciativa de Ana Lara rescata el carácter interdisciplinario de la escritura musical y su intensa liga con las artes de representación.
En su año tercero, Música y Escena ha realizado un homenaje al compositor más difundido de la especialidad, Kurt Weill, y ha sido el foro de presentación de dos creaciones nacionales que merecerían una temporada acorde a su importancia: La muerte y el hablador de Leopoldo Novoa, escenificada por Mauricio Jiménez, y Doloritas, la versión rulfiana de Julio Estrada.
Algunas de las creaciones presentadas podrían inscribirse en la tradicional forma operística, o en la antiópera propuesta por Kurt Weill y Bertolt Brecht; pero el programa del Festival incluye también otros modos de relación entre la música y las artes de la escena.