Las formas de la actoralidad, en cambio, no parecen avanzar al ritmo de los tiempos. Débil con el acelerador, la dirección se conforma con una penosa caracterización de todos los personajes secundarios. Por el espejo retrovisor, los sujetos de tan esquemático trazo parecen aún más lejanos.
Temeroso frente a la sinuosidad del camino, el director pisa el freno de sus protagonistas con excesiva frecuencia. Lejano, frío, incluso inaudible, el tío Paco desperdicia el encanto natural con que podría enloquecer a las chiquillas. En las autopistas de la conducta humana, se siente ajeno el brillante especialista de los caminos rurales.
Apostada en el lugar de timonel, Cachito transita sin sorpresas a lo largo de la obra. Ante la dificultad de recorrer un significativo arco de tiempo, se le agradece la renuncia a artificios y simplificaciones, pero al interpretar los caminos de su vida se echa de menos el arrojo.
Cómo aprendí a manejar, de Paula Vogel, bajo la dirección de Otto Minera, es un modelo del año. Ultima moda anglosajona: temática atrevida y realización domesticada. Potencia de arranque y cinturones de seguridad.
Los productores mexicanos nunca se han distinguido por su audacia. Exigen, desde hace muchos años, la garantía de ventas que les otorga la marca americana.
En fin. Hay quien gusta de conducir su costoso vehículo por las amplias y rectas carreteras, el control automático justo en la velocidad permitida, para dormitar plácidamente o quizás, en un gesto de sorpresiva vitalidad, atreverse a pensar en los senos de su encantadora sobrina.