A últimas fechas, las obras de Hugo Hiriart se reproducen partenogénicamente a través de múltiples puestas en escena. Tal parece que el gusto finisecular de los directores jóvenes tiende a identificarse de una manera más amplia con el sentido de juego, la fantasía y la visión poética de la realidad, que (¡loado sea el cielo!) con la descripción de las miserias del subdesarrollo urbano.
Si como sostiene el autor en el programa de mano de El caso de Caligari y el ostión chino, que se representa los fines de semana en el Teatro Casa de la Paz,“al genio loco, por su monstruo lo conoceréis”, en esta singular criatura es posible reconocer la paternidad de un gozoso alucinado.
Mas como sucede en esa máquina de transmigración de almas que es la puesta en escena, las huellas feno y genotípicas del progenitor deben ser rastreadas en el cuerpo recompuesto por Antonio Castro sobre un atractivo espacio de reminiscentes aires expresionistas, cuyo único defecto es retardar innecesariamente las transiciones, firmado con el nombre de un auténtico Doppelganger: Nicholas Locksmith.
Eficiente y divertido, el monstruo escénico se muestra sordo, sin embargo, a las advertencias de su autor cuando asegura que su estructura puede ser comprendida como una pieza musical. En inocente rebeldía frente a su amo, ignora (bestia que es) la diferencia sustancial entre sus tres tiempos.
1. En el principio fue el teatro. O más bien, la misteriosa barraca donde se exhiben los engendros de natura y uno que otro abominable producto del afán transformador del ser humano. Jorge Zárate, el genio creador de “Bazurra”, se muestra tímido y sujeto a un asfixiante formalismo que resta brillo (allegro assai) a la presentación del fenómeno. Podría recurrir al Ostión.
Y, pese a todo, el público decide participar. Ríe, se sorprende, se interroga sobre la naturaleza verdadera de la criatura. En el paroxismo de su entusiasmo, salta al escenario y se mezcla con su propio Doble: la señorita ficción.