En 1990, los destinos de Jorge Ibargüengoitia y Luis de Tavira se cruzaron, con la mediación de Vicente Leñero y Alejandro Luna, en la puesta en escena de Clotilde en su casa. Al finalizar la década, ambos hombres de teatro vuelven a coincidir; ahora a través de la página impresa y gracias a los milagrosos oficios de David Olguín y Pablo Moya.
Con idéntica fecha en el colofón y sendas introducciones de Luis Mario Moncada, El libro de oro del teatro mexicano, de Ibargüengoitia, y El espectáculo invisible, de Tavira, vienen a enriquecer la ya espléndida serie “El apuntador” de Ediciones El Milagro.
Radicalmente opuestos en la manera de abordar el fenómeno escénico y en el tono de la escritura, ambos libros son, sin embargo, ejemplos contundentes de las variadas modalidades que adopta la imprescindible necesidad de pensar el teatro.
Como sugería Baudelaire, sería “una monstruosidad, un desafío a toda ley física”, que un crítico “se convirtiera en poeta”, pero “es imposible que un poeta no contenga a un crítico”. En los casos del dramaturgo y el director mexicanos, efectivamente, la reflexión es el resultado de una pausa en la que el practicante se interroga sobre “las leyes obscuras que derivan de aquello que ha producido”.
Idealmente, dicha reflexión conduciría a un replanteamiento de la propia actividad. A Ibargüengoitia lo condujo más bien a abandonar el teatro. Mas esto no significa que hubiera descubierto la inutilidad del discurso dramático, sino su inoperancia en el marco caótico de la actividad teatral mexicana.
Este “contexto de arbitrariedad y sin sentido”, como sugieren la brillante introducción y las atinadas notas de Moncada, justifica la despiadada mordacidad con que el futuro novelista aborda la dramaturgia, la creación escénica, las políticas teatrales y hasta la conducta del público (“el más imbécil de todos los elementos del fenómeno dramático”), entre 1961 y 1964, desde su tribuna en la Revista de la Universidad.
Pero el proverbial humor cáustico del guanajuatense, que hace la delicia de El libro de oro del teatro mexicano (excepto, supongo, para los varios ¿sobrevivientes? de aquellos cañonazos), no se agota en sí mismo, sino que, con el paso del tiempo, revela un pragmatismo, una apertura (¡El único bien librado resulta ser Alejandro Jodorowsky!) y una falta de condescendencia (“respeto mucho más al teatro que a las obras que se montan en él”) a los que bien haríamos -ahora sí- en escuchar.