Bajo el título Hans Quehans: las opiniones de un payaso, el Teatro de Arena presentó en breve temporada (que suponemos habrá de continuar pasado el periodo vacacional) su adaptación escénica de la novela de Heinrich Böll.
La escenificación de materiales literarios no dramáticos es una constante en la ya extensa colaboración de Luis Mario Moncada y Martín Acosta, que ha permitido al director la búsqueda de un lenguaje espectacular desprovisto de los condicionamientos de un teatro interpretativo.
En su célebre versión de Joyce, Cartas al artista adolescente, la mancuerna creativa consiguió incluso la autonomía de una puesta en escena que corría paralela al texto literario, iluminándose mutuamente y estimulando sin interferencias la percepción múltiple del espectador.
En Las historias que se cuentan los hermanos siameses, a partir de textos de Truman Capote, el dinámico dúo continuó explorando la libertad de la narración escénica, pero, en este caso, a expensas de la trascendencia del material literario.
La actual versión de Opiniones de un payaso da un nuevo paso (que desafortunadamente, como veremos, conduce al vacío) por este camino, al trasladar la novela de Heinrich Böll al escenario y enmarcar sus avatares anecdóticos en las circunstancias actuales de nuestro país.
La tarea resulta vacua, para empezar, porque el protagonista de Böll no es un payaso, tal y como lo conocemos en estas latitudes, sino un clown. Y un clown, en palabras del maestro de las teatralidades corporales Jacques Lecoq, es ante todo “una profesión de fe, una toma de posición frente a la sociedad.
Situado voluntariamente al margen, el clown acepta sus propias debilidades, las enfatiza y las expone sin autoconmiseración para regocijo de sus espectadores. Al asumir su propia vulnerabilidad, el clown denuncia el absurdo de un orden establecido y, a menudo, otorga sentido a su propio caos.