“Si la historia fuera exacta y fiel como la poesía, me avergonzaría de haberla eludido”, escribía Rodolfo Usigli, quien, en su obsesiva búsqueda de identidad para el teatro, recurrió permanentemente a la historia como fuente inagotable de tramas, personajes y, sobre todo, temas para establecer el perfil de un posible repertorio, de una “dramaturgia mexicana”.
Usigli sabía que el poema dramático refleja la esencia de los acontecimientos, su carácter imperecedero, en una imagen de absoluta coherencia. Es más, sabía que el drama -en palabras de Alfonso Reyes- “ni siquiera necesita del suceso: le basta la probabilidad; y cuando recoge el hecho histórico, es porque lo acaecido, antes de acontecer, fue probable, luego tiene un elemento de eternidad”.
Tal es el caso de su obra más difundida, El gesticulador, y de una obra temprana (1935) como Noche de estío. En ambos casos, la ficción se urde a través de un suceso probable que refleja la esencia de personajes y acontecimientos reales y “su incorporación a la sangre nacional”. En el caso de Noche de estío, se trata de una hipotética reunión que define el último proceso de sucesión presidencial atribuible al “Jefe Máximo”, en 1934.
Al apoyarse en la verdad humana de sus personajes, Usigli logra llegar en su ficción a lo que Juan Tovar llama “el alma de los hechos” y, al hacerlo, sucede un fenómeno fascinante y no poco común: la obra dramática prevé y anticipa sorpresivamente algunos acontecimientos por venir. La realidad se refunda en la imaginación.
Germán Castillo ha elegido el momento justo para revivir esta espléndida comedia cuyo diálogo puede sentirse por momentos retórico, pero cuyos ecos de actualidad resultan francamente estremecedores. Y, al hacerlo, el director ha optado por una definitiva transparencia: dejar que la obra hable por sí misma.