Otro tanto podría decirse del carácter “trashumante” de aquellos cómicos que crearon estilos bien diferenciados en la Italia del norte y la del sur y llenaban la programación de un teatro estable en Paris.
Por lo demás, bien vale la pena preguntarse si un grupo teatral puede acceder a la categoría “popular y trashumante” como fruto de una determinación consciente. Los años setenta fueron sin duda ejemplares en la proliferación de teatros populares (o rituales) creados desde un cubículo universitario.
Lejos de tan grande aspiración, La esposa muda es más bien un trabajo pequeño al que le hace falta la espectacularidad (música, danza, acrobacia) que acompañaba a aquellas representaciones y -suponemos- hacía la delicia de todo espectador. Desprovisto de su contexto espontáneo y festivo, el canovaccio elegido aparece como un pequeño chascarrillo, eso sí, bien contado por Gema Aparicio, Norma Duarte y Violeta Luna.
Dirigidas por Alicia Martínez, las tres actrices han trabajado fuera de la codificación gestual establecida por la tradición de las máscaras italianas, y han optado por una creación de personajes a partir del juego y la libre improvisación.
Detrás de las hermosas máscaras de Etienne Champion, las tres actrices incorporan al “guión” las alusiones a la realidad contemporánea del espectador, principalmente de orden político, así como algunas referencias a tradiciones y lenguas mexicanas.
Con su eficaz construcción corporal y verbal, la ingenua gracia del texto y la eterna fascinación que provocan las máscaras, La esposa muda permite pasar un buen rato a un complaciente espectador que se deleita con el sonido de la fuente y se deja adormecer por los acariciantes rayos del sol.