Los espectáculos de Ciulli, entre los que sobresalía una impecable escenificación de La muerte de Danton, de Georg Büchner, deslumbraban por su lucidez interpretativa y la renuncia a toda ornamentación espectacular.
Por lo que toca a Bausch, su creación Nelken (Claveles) mostraba la extraordinaria fuerza expresiva de “La Emperatriz de Wuppertal” y el amplísimo rango de significación gestual que su danza-drama otorga al cuerpo.
Tratándose de grandes compañías, quizá la más prestigiada del mundo (no necesariamente la mejor) sea la Royal Shakespeare Company que, en 1996, presentó en México una muy inteligente pero poco vibrante escenificación de La comedia de las equivocaciones, a cargo de Tim Supple. El juego de identidades presente en la obra shakespeareana se acentuaba con la multiplicidad de orígenes y acentos de un elenco tan joven como eficaz.
La segunda visita (1998) del director consentido del Festival de Otoño de Paris, Robert Lepage, dejó, a pesar de su calidad, un sabor a poco con Las agujas y el opio; sobre todo porque su monólogo llegó antecedido por la conmoción que causara años antes su Trilogía del dragón.
Finalmente, la edición número 27 del Festival Cervantino (1999) trajo un espectáculo (comentado en esta columna) del importantísimo creador norteamericano Robert “Bob” Wilson, Persephone. De entre los grandes protagonistas de la escena de la segunda mitad del siglo, el gran ausente en nuestro país siguió siendo Il Piccolo Teatro di Milano, asociado necesariamente a la deslumbrante estética de su fundador, Giorgio Strehler, quien cerraría con su muerte (el 25 de diciembre de 1997) una de las aventuras teatrales más significativas del siglo XX.
Nota aclaratoria: La memoria suele ser traicionera. En la primera de estas reseñas de la década, di como autores de El lugar del corazón a Juan Tovar y Fernando Delgadillo. En realidad, la adaptación del cuento de Tovar fue hecha por Regina Shöndube y el responsable de la puesta en escena: Ricardo Delgadillo.