El diálogo se lleva a cabo en el vestíbulo del agonizante Teatro El Galeón mientras se representa, como todos los fines de semana, la obra de Carole Fréchette Las cuatro muertes de María. El frío que azota al país se cuela por el techo y los muros del recinto desahuciado.
Estamos en el intermedio que sigue a un largo primer acto donde la protagonista es abandonada por su madre y visitada por un padre que busca la querencia para terminar de morir. La invitación al viaje, en busca de sí misma, es simbolizada en la presencia del simpático Pierre y su poderoso camión de ocho ejes. El vacío de María encuentra consuelo momentáneo en la defensa de ambiguas causas humanitarias.
Ahora, nuestros personajes intentan recuperar el calor para ser testigos durante el largo segundo acto de la desesperada soledad de la protagonista quien terminará sus días asfixiada por los objetos provenientes de la cruda infancia.
Frente a su mirada de espectadores singulares, la muy limpia organización formal del espectáculo, a cargo de Mauricio García Lozano, no logra sostener el interés sobre un texto tan vacuo como pretensioso; la música sutil de Mauricio Cortés les parece escrita para ocultar aquello que nunca sucede sobre la plataforma reciclada de Philippe Amand, diseñador que corre el riesgo de morir asfixiado, cual quinta María, por sus recurrentes escenografías.
A pesar de los cuerpos ateridos, nuestros amigos son aún capaces de agradecer el logrado equilibrio del elenco (Emma Dib, Juan Carlos Vives, Jorge Avalos y Guillermo Larrea) y los esfuerzos de una protagonista (Erika de la Llave) cuya vigorosa realización no logra asentar en el ánimo del espectador dada la falsa complejidad de su personaje. El desasosiego se instala definitivamente en las moribundas butacas de El Galeón cuando el permanente lagrimeo de la actriz enturbia con sentimentalismo la expresión de María y congestiona su construcción verbal.