A juzgar por los espectáculos presentados en la XX Muestra Nacional de Teatro, 1999 no ha sido un buen año para el quehacer escénico nacional, y particularmente para aquel que se realiza fuera de la megalópolis.
Sin lugar a dudas, la selección hecha por su Dirección Artística es representativa del estado de nuestra escena y las únicas posibles ausencias son las del Grupo Teatral Tehuantepec, que canceló a última hora la presentación de Oscura Ventana, y de alguna producción del Programa Nacional de Teatro Escolar.
En el primer caso, se trata de la última puesta en escena del director más brillante y consistente de los últimos años en el ámbito del Teatro Regional: Marco Petríz; en el segundo, del legítimo pudor de las autoridades del INBA frente a la posibilidad de acaparar la Muestra con obras que, de entrada, tienen condiciones infinitamente mejores que el resto de la producción teatral en los estados.
Sin embargo, el PNTE elige para su puesta en marcha a los grupos y creadores más destacados de cada entidad, y su presencia se hace necesaria en una Muestra que no es exclusiva del teatro independiente. Por lo demás, la Dirección Artística ha establecido un criterio único e indiscutible para la programación: la calidad, y no ha tenido reservas este año para incluir diez producciones provenientes del Distrito Federal (37%); cantidad que inquietó a aquellos que recuerdan el origen de la MNT como un encuentro del teatro de los estados.
Significativa sí es, en este orden de ideas, la ausencia total de producciones de los teatros otorgados en comodato por la Convocatoria Nacional Teatros para la Comunidad Teatral después de dos años y medio de trabajo.
Ubú Rey, Inútil presentarse sin cumplir los requisitos, Historias con Ruidito, El Libro de buen Amor, Las historias que se cuentan los hermanos siameses y Las tremendas aventuras de la Capitana Gazpacho, junto con los espectáculos reseñados en nuestra entrega anterior, formaron la sección chilanga caracterizada por la ligereza del tono, el humor desenfadado y los formatos pequeños.
Entre las obras provincianas, ninguna consigue un resultado redondo, a no ser por la xalapeña Juan Volado, ya comentada en esta columna. Desafortunadamente, este cronista no pudo asistir al único espectáculo capaz de levantar una polémica: la sonorense Agua pasa por mi casa de Sergio Galindo. Para unos se trata de una obra maestra de corte regionalista, para otros de un esquech insoportable después de los primeros quince minutos.