Después de varios años de realizarse en Monterrey, La Muestra Nacional de Teatro, la gran fiesta del teatro regional, recupera su origen itinerante y se realiza por vez primera en Tijuana, Baja California, uno de los polos más activos del teatro mexicano. Para el año por venir, la Muestra, como los sombreros Tardán, irá de Tijuana a Yucatán.
Con la hospitalidad del Centro Cultural Tijuana, este encuentro de representantes de nuestro territorio teatral es posible gracias a las estructuras que los hacedores del hecho escénico han generado en la lejana Baja California. Allí existe uno de los contados centros de formación actoral del país, el Centro de Artes Escénicas del Noroeste, que es también el único editor consistente de literatura teatral fuera de la ciudad de México.
En Mexicali, el grupo que dirige Ángel Norzagaray sostiene heroicamente una actividad ininterrumpida y una red que ha permitido extender la presentación de los espectáculos invitados a Mexicali y a Ensenada. El propio Ángel ha coordinado con el CECUT y el INBA la vigésima edición del más importante festival de teatreros.
Desafortunadamente, esta oportunidad de confrontación entre los espectáculos más representativos del país y aquellos del estado se ve mermada por la ausencia de las puestas en escena de Ángel Norzagaray y Edward Coward, que, junto con Ignacio Flores de la Lama, son los directores sobresalientes de la entidad.
Con todo, el arranque de la XX Muestra Nacional, que estará llegando a su fin al aparecer estas notas, no pudo ser más evidente respecto a la inmensa variedad y disparidad del quehacer escénico nacional.
Felipe Ángeles, producción de la CNT bajo la dirección de Luis de Tavira, abrió fuego durante tres horas y cincuenta minutos poniendo de manifiesto la macrocefalia teatral de una ciudad que, como lo ha dicho Luis González, “ha asumido el papel de la República”. En descrédito de esta afirmación, podrá esgrimirse que la obra -la cual exige obviamente un comentario aparte- es protagonizada por actores de Ciudad Juárez; pero, lo cierto es que estos quedan en tan segundo plano respecto a la parafernalia escénica y al discurso espectacular que, la noche de la inauguración, el público local gritaba: “Bravo, producción”.