Cuando los turistas norteamericanos (entiéndase los provenientes de Estados Unidos y Canadá; los mexicanos son harina de otro costal) viajan por el mundo y visitan las grandes zonas arqueológicas, suelen permanecer indiferentes al espíritu que revelan sus ruinas, la conmoción que suscitan sus vestigios; pero, en cambio, suelen mostrar un interés cuasi científico por datos tan importantes como “cuántas piedras forman la Pirámide del sol” o “cuántos egipcios se requieren para poner de pie al Coloso de Menfis”.
Cuando los teatristas canadienses Michel Lemieux y Victor Pilon se acercan al vetusto mito de Orfeo, no se estremecen siquiera frente a los ecos ancestrales que el solo nombre despierta. En su Orfeo, “teatro virtual” que formó parte de la programación del Festival Internacional Cervantino y que pudo ser visto en el Teatro de las Artes del CNA, el peso simbólico del relato desaparece para dar paso a una tierna historia de amor plagada de hallazgos virtuales.
En la primera secuencia de la obra, Orfeo y Euridyce (sic del FIC) se aman en amorosas poses; más tarde, ella muere arrollada por un auto que, a juzgar por las luces de la escena anterior, ya la rondaba, y su ánima se desprende (con el camisón incluido) para vagar lastimosamente por los invisibles hilos de la pantalla; el otrora músico sublime, hoy rudo militar, ahoga su dolor con una botella de... (¿qué beberán los canadienses?); finalmente, un enviado de los infiernos, contrahecho y pelón pero aficionado al bossa nova, cambia su lugar al viudo crudo permitiéndole reunirse con la amada.
Pero así como el sol fue sólo un pretexto para construir una majestuosa pirámide, el mito órfico da lugar a un despliegue de sofisticada tecnología canadiense junto a la cual -lo que sea de cada quien- los arneses y grúas de La Fura dels Baus aparecen como utensilios precámbricos.