Desafiando el más elemental postulado sicoanalítico, el profundo conocimiento de sí y del mundo que nos rodea no suele traducirse en el dominio y la mejor adecuación del ser a sus circunstancias. Por el contrario, la vida y sus múltiples reflejos nos muestran a cada momento el agobiante peso que suele acompañar a la claridad de la conciencia.
En el drama chejoviano, para citar el gran ejemplo, los personajes viven asolados por el terrible dolor de la lucidez. Esta insoportable enfermedad de la inteligencia determinó la vida de Alice James (1848-1892), hermana del famoso novelista Henry y el sicólogo William, y cuyos diarios y trágica existencia son la materia del primer drama de otra gran conciencia de nuestro tiempo: Susan Sontag.
Alicia en la cama, que terminará su temporada de todos los lunes a la par de la existencia del actual Teatro Galeón, es una luminosa construcción verbal que juega deliberadamente con la tensión generada por un espíritu audaz atrapado en un cuerpo corrompido por la enfermedad, y la oposición entre el confinamiento al asfixiante espacio de una cama y la infinita libertad del pensamiento.
En las ocho escenas del drama, las circunstancias biográficas de Alice James, las relaciones con su padre y su célebre hermano Henry, se entrelazan con las dos formas que esa mente indomable encuentra para viajar fuera de los estrechos límites del cuerpo: el viaje consciente de la rigurosa imaginación y la impredecible travesía de la fantasía alucinatoria.
Estas dos formas del conocimiento dan pie a las dos cimas del poema dramático: el fascinante monólogo en el cual Alicia construye minuciosamente su vívido y sensible recorrido virtual por la ciudad eterna, y la alucinación en la cual Susan Sontag hace coincidir a su criatura con los espíritus de otras grandes mujeres marcadas por la desgracia (Margaret Fuller y Emily Dickinson) y la presencia tangible de algunos seres provenientes del no menos real imperio de la fantasía (Myrtha de Giselle y Kundry de Parsifal).