El discurso temático no encarna en las formas de representación como lo hace en algunos referentes obligados: Il teatro comico de Carlo Goldoni, una deliciosa obra “cómica” que constituye el antecedente más obvio de Creator principium, y L’homme qui..., mosaico de casos de disfuncionamiento cerebral escenificado por Peter Brook, a quien Mendoza desdeña tanto en su introducción a la edición mexicana de La puerta abierta.
Sobre una escenografía en la que permanece demasiado evidente la huella anémica de La lección de anatomía, acompañada por un vestuario con tintes de carnaval y una música propia de un espíritu chocarrero, la puesta en escena no deja dudas de que los espíritus siguen siendo cosa de risa.
Como bien teoriza Mendoza, el colapso de nuestro concepto de realidad exige nuevas formas de acercamiento y descripción de los fenómenos que no pasan, necesariamente, por los usos tradicionales de la lógica racional
Pero la ausencia del elemento inquietante o francamente perturbador, que comprobara la argumentación de Héctor Mendoza, se debe fundamentalmente a la presencia de otra constante estilística en quien es considerado el gran maestro de los actores mexicanos: la suplantación de la actoralidad por un habla sumamente cuidada (trompe-l’oreille), que sería verosímil si no estuviera acompañada por la supresión de toda vitalidad y, sobre todo, por la nulificación del cuerpo como herramienta de expresión y vía de conocimiento.
Desde luego, la sabiduría escénica de Ana Ofelia Murguía le permite transitar con notable encanto por un universo poblado por actores que, desprovistos de sus cuerpos, se han convertido en fantasmas de sí mismos.