En temporada los mediodías de sábado y domingo, en el activo Foro Antonio López Mancera del CNA, Libros para cocinar es un espectáculo que reúne cinco obras breves creadas originalmente para el Actors Theatre de Louisville, Kentucky. Esta institución promueve, a través de un Concurso Nacional y la producción de sus espectáculos, la escritura de obras dramáticas con una clara delimitación temporal que las ha bautizado como género: ten minutes plays.
El ejercicio del formato pequeño obliga a los autores a entrar de lleno en el conflicto desde las primeras líneas, a la creación de personajes claramente delineados y a la escritura de un diálogo preciso, sin adornos ni divagaciones; al fin y al cabo, no hay tiempo que perder.
El resultado, que según el programa de mano ha sido definido por algunos como “haikús dramáticos”, puede oscilar realmente entre la poesía esencial del haikú y el mero artesanado. En el caso de las obras reunidas por Ignacio Escárcega en Libros para cocinar, sólo la primera de ellas, Lynette a las tres de la madrugada de Jane Andersen, alcanza a desprenderse de la correcta realización más cercana al dominio del oficio que al vuelo trascendente de la poesía.
Sin embargo, las cinco piezas que giran en torno a la contradicción entre las aspiraciones del amor y la realidad de las relaciones amorosas, son, en su redonda factura, un material idóneo para el ejercicio actoral; y como tal las ha llevado a escena Escárcega.
Por ello, no se explica del todo la búsqueda de unidad del espectáculo a través de los enlaces musicales, poco claros e imaginativos (a excepción del primero que funciona como un muy divertido rompimiento) y apoyados no en una música original o con una constante temática que acercara las obras a nuestro contexto, sino en una serie de canciones por demás conocidas (Charly García) cuya única justificación parece ser el gusto del director.
Ya que éste apuesta por la gimnasia actoral que significa el saltar de un personaje a otro, de una obra a otra, con la intensidad que la brevedad les confiere, era de esperar que la unidad estuviera dada por el tono actoral, su relación con la temática y por un espacio, que, pese al eficaz diseño de Arturo Nava, contribuye a la dispersión.
Al interior de las mini piezas, sin embargo, el ejercicio actoral es más convincente gracias a la flexibilidad y disposición del elenco en el cual sobresalen, con mucho, las dos intérpretes femeninas.