Los caminos del espectáculo son múltiples, aunque nuestro teatro tienda a olvidarlo. Por ello, y a pesar de que el arte vertiginoso de nuestro siglo parece haberlos transitado todos, no deja de ser gratificante la aparición de formas no cultivadas en México y la presencia de un grupo de creadores con claras líneas de exploración.
Antecedida por El funámbulo, circo de cámara a partir del poema homónimo de Jean Genet, la compañía “Circo Raus” presenta ahora, en el gran formato del Teatro de las Artes (CNA), su “alquimia escénica compuesta de circo, teatro, danza y música para celebrar los latidos eróticos de fin de milenio”, bajo el seductor título Erótica de fin de circo.
Con una dramaturgia circular, el espectáculo se apoya en una anécdota sencilla sobre las inquietudes de un aburrido director de circo que, visitado por una fantasmal criatura, da pie a una cadena de fantasías eróticas relacionadas con el extravagante y riesgoso mundo circense. La sucesión de imágenes, acompañadas por la música en vivo, algunos números coreográficos y los recursos propios del circo, constituyen la columna vertebral de la narración, apoyada apenas por unas cuantas palabras que pretenden instaurar el misterio y una atmósfera de ensoñación poética.
La ausencia de sentido de trascendencia es el trapecio en que se balancean las hedónicas características del hombre de fin de siglo: la consagración de las sensaciones, el individualismo, la erotización de todos los campos de la cultura y las relaciones sociales, el culto a la originalidad, el diletantismo, la mirada escéptica, la búsqueda de sucedáneos para una realidad desencantada.
En clara sincronía con su tiempo, el Circo Raus apuesta por un ambicioso esteticismo que convierte, tanto al fenómeno de feria como a la imaginación erótica, en un objeto para regalar a los sentidos, a la vez que lo desprovee de cualquier contenido inquietante o francamente transgresor. Por ello, el espectáculo promete mucho más de lo que otorga. La falta de progresión acumulativa de las imágenes, el pudor que oculta sistemáticamente los cuerpos desnudos tras velos y contraluces, y un cierto onanismo en el cual los intérpretes se gozan mucho más a sí mismos que a sus compañeros de fantasía; pero, sobre todo, la sustitución de la experiencia por su imagen plástica, conforman un discurso mucho más cercano a lo estetizante que a un auténtico erotismo.
El “Circo erótico” que dirige Israel Cortés es un claro representante de la actitud finisecular y todos sus componentes persiguen con éxito el mismo propósito, pues las dimensiones del espectáculo, su impecable factura y su belleza formal no dejan lugar a dudas.