La pretendida liberación que el juego poético lograría -según se nos informa en el programa- de la clásica interpretación (Borel) sobre el motivo “amar en la imposibilidad”, se viene abajo ante la ausencia total de un punto de vista en la dirección, a cargo de la actriz Dora Cordero. Abrumada por la responsabilidad de poner de pie un texto de semejante prestigio, de convertirlo en un acontecimiento escénico, Dora Cordero navega sin rumbo y echa mano indiscriminadamente de recursos que de pronto remiten a un realismo sicológico, al simbolismo, al espectáculo musical o a la estilización coreográfica.
La nula interpretación del texto se refleja evidentemente en el juego actoral, en las formas de enunciación del diálogo y el verso lorquianos, donde hay tantos estilos como actores sobre el escenario. Cada uno de ellos busca desesperadamente sobrevivir con sus propias herramientas en detrimento del valor unitario del trabajo. Situación que se ve agravada pues casi todo el elenco constituye un auténtico miscast.
Resulta en verdad difícil particularizar en el desempeño actoral cuando la dirección es sorda a los valores rítmicos y sonoros de la palabra poética y a las inflexiones de los actores; cuando su accionar sucede atropelladamente en un espacio carente de sentido, volumen, que no cumple ninguna función dramática, ni siquiera decorativa; cuando los intérpretes deben cumplir maquinalmente con una coreografía falta de imaginación y llevar un vestuario lleno de lugares comunes y ciego a la anatomía de quien lo porta.
Frente a tal cadena de errores conviene preguntarse si no ha llegado la hora de re dignificar la especialización y el oficio teatrales. Sólo con el dominio de éste podría ponerse en relieve la dimensión de un dramaturgo como García Lorca. Esta clase de entusiastas homenajes, fallidos o logrados, no hacen sino perpetuar el “mito Lorca”, ya denunciado por Francisco Ruiz Ramón, e ignorar las claves que nos da el propio poeta: “La imaginación es pobre, y la imaginación poética mucho más. La realidad visible, los hechos del mundo y del cuerpo humano están mucho más llenos de matices, son más poéticos que lo que ella descubre. Eso se nota muchas veces en la lucha entablada entre la realidad científica y el mito imaginativo, en el cual vence, gracias a Dios, la ciencia, mucho más lírica mil veces que las teogonías”.