Hay que decir antes que nada que el pensamiento y la prosa del autor de obras como El niño argentino convergen, lúcida y sugerentemente, en la disección de las herramientas inmanentes de un oficio. Con apenas treinta paginillas de extensión, esta conceptiva kartuniana divide y categoriza las cualidades esenciales para un aspirante a escritor escénico, y subraya lo que del discernimiento de la existencia cotidiana debe servirle como materia de arranque para sus tentativas de ficción. No es fortuito ni hacedero remarcar la palabra percepción: a lo largo de esta conceptiva, Kartún se muestra como un fenomenólogo convencido de que los motores esenciales de toda obra dramática radican inevitablemente en el enclave brumoso que separa y vincula a la conciencia de la esencia, y en el afilamiento de nuestra capacidad sensorial como el ejercicio primario para forjar ideas, conceptos y, después de ello, las primeras coordenadas de una ficción escénica. Entonces hay que ser leales a lo que nuestros sentidos, deseablemente dispuestos a la estimulación, captan y extrapolan del marco referencial al que conferimos las propiedades de lo real. Porque la sensorialidad, para el autor argentino, entraña “la capacidad para concebir con todos los sentidos una imagen”, y es la imagen la generadora primaria de cualquier relación dramática. La fidelidad a estos preceptos básicos puede traducirse en una textualidad orgánica, susceptible de transmitir el Mythos que subyace en su estructura. A esta sensorialidad primigenia y a la extrapolación rigurosa de sus elementos rectores, Kartun opone, como etapas dialécticas pero complementarias, la objetivación rigurosa de dos cualidades: la dramática y la poética. Para mejor explicarlas, el autor las exhibe como una serie de elecciones conscientes: desnuda con simpleza y lucidez las redes significativas de una metáfora, y explica su ejercicio mediante su comparación con los mecanismos del humor. Argumenta las razones que nos han llevado a vivir inmersos en un sistema macro y ofrece las alternativas para hilvanar la obra dramática a partir de una concatenación de indagaciones minimales; allí, y no en las fachadas, se manifiesta el teatro como una micropoética, como una oposición drástica a los vicios de la pantalla baudrillardeana. Para un medio cuya pedagogía dramatúrgica sigue estacionada en la revisión de géneros, estilos y estructuras, la lectura de esta conceptiva kartuniana es cuando menos perentoria; entre otras epifanías probables, podría descubrir que la instrucción se vale de la ilustración, ligera y genuina, de una serie de paradojas personales y profesionales. |