En La cámara lúcida, Roland Barthes redefinió la idea de punctum para la fotografía como un azar que desconcierta; le atribuye la capacidad hiriente del elemento que, habitando la imagen con mayor o menor preponderancia aparente, se despliega fuera de ella y amplifica el sentido más allá de sus límites compositivos. El referente se extiende entonces y obliga a quien contempla a cuestionar sus propios pruritos acerca de lo que mira y lo que decodifica como “lo capturado”: el cuadro que compone en sí mismo una “emanación del referente” y el instante detenido en el tiempo que certifica la presencia del fotógrafo en el contexto de lo fotografiado. Así, se tiende una equiparación significativa de fotógrafo y fotografía, en tanto que ésta desnuda, en su calidad de extensión ilimitada de sentido, la intromisión de quien presiona el obturador en el discurrir irremediable del tiempo: congelar la experiencia, transformar “lo que es” y “lo que está siendo” en “lo que ha sido”, capturando despóticamente algunos componentes de la realidad vívida que ha retratado. Es entonces la fotografía una manifestación estilizada de violencia en tanto que aísla ciertos elementos de aquello que registra y lo encierra dentro de sus propios confines; nuestra percepción se supedita a ella sin posibilidad alguna de rechazo o expiación. Contemplamos lo fotografiado como quien, avasallado por el horror de su reflejo desplazado en la imagen de otro, asiste al ayuntamiento arbitrario de pasado y presente, de mirada y experiencia, de tiempo y distancia como énfasis desgarradores de una inmovilidad hipertrofiada. Valen las definiciones de Barthes para aproximarse a un desmenuzamiento de la imagen como motor fundamental del teatro en la modernidad. La imagen teatral no aspira, como la fotográfica, a derogar el devenir del tiempo capturándolo dentro de su sistema de relaciones; es más la cartografía expuesta de un conjunto de incertidumbres e inestabilidades. Su escritura, la escritura de la escena –inténtese separarla de lo que implica la escritura dramática, la textualidad dramatúrgica– está determinada invariablemente por su temperamento efímero. Las partituras trazadas por los cuerpos teatrales, generadores fundamentales de sentido escénico, son el rastro visible de una lucha contra la finitud del convivio, ése que hace coincidir a artista y espectador por un período específico para después clausurar el intercambio y legar a la inmediatez el peso de la percepción; nunca un evento será igual a otro, nunca el discurso escénico podrá asegurarse la conquista plena de lo que pretende asir como objeto a transmitir. (Continuará) |