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Se alza el telón El pan de la locura

por Malkah Rabell

La primera falla de inmediato visible en ese minúsculo drama presentado en la sala Reforma bajo los auspicios del Teatro de la Nación, es su adaptación a México. Obra del autor argentino, Carlos Gorostiza, El pan de la locura, como la mayoría de las suyas, se basa en un núcleo realista y específicamente local, de proporciones muy reducidas. Y es precisamente este localismo reducido que dificulta la adaptación a otras esferas y otros ambientes. Historia típicamente argentina tanto por su atmósfera, por su ambiente como por su psicología, nos introduce en una panadería donde la mayoría de los trabajadores son extranjeros, o de origen extranjero: un español, un judío y un italiano. En México nada de semejante sucede, por la lógica razón que la ley sólo admite a exiliados, es decir a políticos que han de abandonar su país por causas de seguridad personal. En cambio, nunca hubo en México una inmigración de masas proletaria o campesina, como la hay —y siempre hubo— en Argentina. En México conseguir derecho de trabajo resulta muy difícil. Esta característica legal provoca la primera equivocación de la adaptación.

El segundo error es la psicología de los personajes, que se trasluce en los diálogos de los panaderos, que tanto por sus intereses vitales como nor su lenguaie son ajenos al mexicano

en las mismas condiciones. Es extraño como en la maycría de las adaptaciones, las que más chocan por su inverosimilitud son precisamente las debidas a piezas de países del mismo idioma e idiosincrasia superficialmente semejante a la nuestra, como las obras latinoamericanas o españolas. Y así asistimos a la transformación de Los bajos fondos de Gorki en drama mexicano, en tanto la obra argentina El pan de la locura no puede conseguir el mismo efecto.

En torno de un núcleo sencillo: un caso de envenamiento accidental de un costal de harina que provoca locura y que parece despertar la indignación de todo el barrio, el autor diseña reacciones humanas que hacen olvidar el accidente central, transformándolo en un pretexto para diversas emociones que sacuden a los protagonistas y los sacan de su indiferencia, de su modorra cotidiana. Y a algunos de ellos los lleva a buscar nuevos caminos en la vida. O como anota Carlos Solórzano en el programa de mano: "...un teatro (él de Carlos Gorostiza) que parte siempre de fundamentos verosímiles para prolongar sus alcances a hechos e incidentes que, llevados a un grado insólito, nos devuelven una realidad concentrada, vista a través de una lente de aumento". En El pan de la locura —más que en la obra del mismo autor: Los prójimos que vimos en México bajo la dirección del

propio Gorostiza, y más que en El puente que fue su primera obra y tuvo en 1949 un increíble éxito en Buenos Aires—, el dramaturgo prolonga los alcances del drama inicial hasta reacciones que se antojan simbólicas.

Excelente director de escena, el veterano Ignacio Retes, en este caso no llevó a mayores alcance las posibilidades de la obra. Ni la adaptación, ni el reparto se prestaban a imponer al texto un vuelo artístico que no posee. El conjunto se distinguía por una mayoría de nombres desconocidos. El papel del refugiado español lo interpretaba un actor que vanamente luchaba con un acento que no era el suyo, y con un carácter que tampocc se adaptaba a sus posibilidades. Sólc podemos mencionar como correctos en sus partes a Luis Courtier en el papel de Antonio, cuyas reacciones psicológicas y bruscos cambios de humos resultaban bastante inexplicables; y a Juan Angel Martínez, quien en el papel del patrón logró crear un carácter muy distinto de lo que suele ser su característica habitual. Vertió en el personaje una lentitud pacífica que ante el peligro de perder su negocio, la panadería producto de años de esfuerzo, encuentra la medida justa para expresar su angustia sin gritos ni melodramáticos desmanes.

Quizá lo que más llamó la atenciór del espectador fue una escenografía muy realista de José Luis Garduño.