por Malkah Rabell
¡Tanto esfuerzo! ¡Tanta imaginación y arte! ¡Tantos meses de ensayo para crear con cinco jovencitas, ya actrices, ya bailarinas, ya mitos, un espectáculo de expresión corpora, de técnica del cuerpo, basado en un cuento de Collodi, en la version de Julio Castillo! ¿Dió el resultado esperado? ¡Difícil respuesta!
Por de pronto fue un bello espectáculo de pantomima, que surprimió no sóloa la palabra sino la expresión del rostro, escondiéndose detrás de máscaras, que servían para los más difíciles juegos. Durante dos horas, en el escenario se llevó a cabo una acción que podríamos interpretar según nuestra voluntad, como por lo general sucede con los mimos. Mas, el programa de mano, trataba de introducirnos en un mundo "muy a lo Julio Castillo", y apuntaba lo siguiente: "Una enorme hacha corta en pedazos un tronco. Con esa madera, Pinocho va a ser cofeccionado como un títere, que entra en la vida -al igual que todos los hombres- para enfrentarse a las fuerzas del Bien y del Mal, para luchar contra la tentación, el capricho Y el error, y medir sus capacidades de resistencia, de enmienda y de recuperación.. A través de las aventuras que vive, importa reflexionar y averiguar si las formas de la educación, de la sicología y la moral de nuestro mundo de hoy, fueron los responsables de que una generación de adolescentes estuvieron a punto de perderse en el desorden complejo, en el espejismo de una Tierra de Jauja: las drogas"'.
Por lo tanto el espectáculo
Arde Pinocho ¿Arte escénico popular?
lleva como primordial finalidad la lucha contra lan drogas. Lo que es indudablemente no sólo un combate popular, sino humano. Pero a falta de palabras, esta terndencia puede llegar o no a la comprensión del espectador, y cada quien puede explicarse los sucesos del foro a su manera. Para mí —que no había el programa antes de iniciarse la representación— la inmolación de Pinocho en el fuego se me antojaba como la protesta de un sacerdote budista durante la guerra de Vietnam, un sacerdote que se suicida en una pira; y la presentación de la figura de la muerte, que lo destroza todo, subrayó esta creencia dramática.
Ese bellísimo espectáculo, tan rico en inspiración plástica, en ternura y poesía melancólica; puede interesar, y hasta entusiasmar a grupos de intelectuales, a conjuntos de artistas y actores. ¿Pero, es tal la finalidad creativa de este "Arte Escénico Popular", como reza su título, nacido bajo los auspicios de la Dirección General de Cultura Popular? Se entregó la difícil tarea de dirigir su grupo Sombras Blancas a un realizador como Julio Castillo, no sólo por su reconocida capacidad artística, sino porque es nuestro director de escena más enamorado de las expresiones populares. Y resulta —sabrá Dios por cuál equivocación anímica— que esta representación es del más puro estilo de vanguardismo ultraintelectual, cuyo lugar debe ser en el Centro Universitario de Coyoacán; entre las experimentaciones del Bellas Artes; o en el Teatro Independencia, "Centro de Búsqueda" del Teatro de la Nación.
El público popular quiere entender lo que ve. Es la primera exigencia que tiene un arte popular. Y todos estamos ya un poco cansados de las técnicas corporales y deseamos oír la palabra que vuelve a recuperar su lugar en los escenarios del mundo entero, después de casi dos décadas de experimentaciones corporales. La pantomima prolongada no logra mantener el interés de un auditorio mayoritario. Ni siquiera esa espléndida pantomima de dos horas, pudo conquistar la atención de los espectadores, que abandonaban sus asientos antes de finalizar el tercer acto. No sé quién tuvo la extraña idea de considerar este Arde Pinocho como espectáculo para niños. Y los numerosos infantes que se hallaban en la sala del teatro Antonio Caso, o bien jugaban sus propios juegos, o bien, con este instinto de los muy pequeños para reconocer al "malvado", empezaban a llorar a gritos. En cuanto al público "popular", no se aburría menos. Todo ello no impidió que la "selecta minoría" (desgraciadamente minoría) recibiera el último telón con una auténtica ovación.
Me permito proponer, que este hermoso. espectáculo, cuyas cinco intérpretes anónimas bajo sus máscaras, pese a los numerosos personajes que realizan, Jesusa Rodríguez, Paloma Woolrich, Isabel Benet, Isabel MacQueen y María del Carmen Farías, pase para una prolongada temporada al teatro Independencia, y que los lunes ocupe el escenario de algunos de nuestros teatros "magnos", como el Hidalgo, el Xola, o el Jiménez Rueda.