por Héctor Mendoza
Cuando se es muy, muy joven, se piensa en los cuarenta años como si se tratara de la vejez total. Un hombre de veinte años se dice: "Estoy en la plenitud; cuando tenga cuarenta años seré un viejo inaguantable aun cuando, naturalmente, trataré de evitarlo...". ¿Qué es lo que significa para un joven de veinte años ser un viejo inaguantable? Quiere decir simplemente ser un hombre con ideas fijas; eso que un hombre de cuarenta años llamaría madurez, tratando de autoconvencerse de que se trata de una cualidad. Pero el hombre de cuarenta años se engaña porque a fin de cuentas él también tuvo veinte años y sabe muy bien por qué un hombre de cuarenta años es un viejo inaguantable.
Las razones: A los cuarenta años se ha adquirido un carácter; la personalidad se ha consolidado finalmente y es inmutable. El hombre de veinte años ve esto como la
Héctor Mendoza, autor de la multirrepresentada Las cosas simples y uno de los más notables directores del teatro mexicano, inicia en este número su colaboración regular en Diorama
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muerte, pues para él significa el anquilosamiento espiritual, la pérdida de la libertad intelectual, el estatismo.
El hombre de cuarenta años sabe perfectamente que esto es verdad, que a sus cuarenta años sigue siendo válido lo que pensó a los hermosos veinte y no se puede hacer que suceda de otra manera. Sabe que a los veinte pudo escoger entre muchísimos caminos; podía entonces decidir totalmente su futuro: podía decidirse por la arquitectura o por la aeronáutica, por las Humanidades o por las Ciencias, o por los negocios, o por el desempeño de un trabajo humilde; podía elegir casarse y formar una familia, o no casarse, entre ser filántropo o un misántropo, un hombre de izquierdas o uno de derechas, un hombre bueno o un hombre malo, etc... A los veinte años su campo de posibilidades electivas es ancho como el mundo, A los cuarenta, en cambio, ya no.
A los cuarenta un hombre o es arquitecto o no lo es, es un hombre que se ha casado o es un solterón, es un hombre bueno o un hombre malo; pero difícilmente tendrá la oportunidad de escoger nuevamente. Si es arquitecto, ¿podría dejar de serlo para convertirse en abogado? Podría, potencialmente; pero no lo hace. Cuando se tienen cuarenta años se es ya una persona seria, una |
persona formada, no se puede estar cambiando de profesión. Si yo he sido católico hasta los cuarenta ¿cómo voy a empezar ahora a ser budista? Eso querría decir que me he pasado más de la mitad de mi vida equivocado de medio a medio. ¿Quién puede respetarme en esas condiciones? Eso, simplemente, no puede hacerse... ¡Dios mío!, pensándolo bien y a fin de cuentas me he convertido en una persona estática —en ese viejo inaguantable que a los veinte años temí llegar a ser...
Empieza la tragedia de las edades difíciles... ¿Los cuarenta, los cincuenta, los sesenta años? Da lo mismo: el tiempo no pudo detenerse. Yo ya tengo un carácter, una serie de responsabilidades contraídas, una infinidad de decisiones tomadas... ¿Y si alguien viene de pronto a decirme que una de esas decisiones –la más importante, la más vital de todas– estuvo mal tomada? ¿Qué? Si alguien viene a decirme que en vez de arquitecto debí haber sido marinero –cosa que deseé fervientemente– porque el reporte médico estaba equivocado y yo nunca tuve afección cardiaca alguna: ¿qué voy a hacer? ¿Es el momento de volver a presentar mi solicitud en la Marina?...
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