Se alza el telón Adiós a Entropía
por Malkah Rabell
Siempre he pensado y lo sostuve, que el deber del crítico, por poquito serio que sea, y por poquito en serio que tome sus obligaciones profesionales, es el de asistir por lo menos dos veces a un montaje escénico, a una puesta en escena de un drama. Hoy, domingo, se presenta por última vez en el teatro Miguel Covarrubias, Centro Universitario Cultural, la obra de Tomás Urtusástegui y Graciela Henriquez, autor del guión dramático, él, y autora de la danza ella. Y ayer fui por segunda vez a ver ese espectáculo extraño, hasta es extraño el titulo, que no supe en qué idioma colocar, y muy ingenuamente lo consideré griego. Creo que la primer visita a un teatro del mal llamado especialista, es tan sólo una entrada en materia; es el primer contacto con la superficie y con la superficialidad del tema. En tanto la segunda visita es ya la entrada más profunda y muchas veces más dolorosa de penetrar en el pensamiento y en el sentimiento del dramaturgo. ¿Qué otra cosa ofrece el dramaturgo si no es su propio dolor? Hay mucha gente que considera el teatro como arte fácil. El más fácil de los artes para hacer su critica. Se sienta uno en una butaca y ve cómo "sudan" los demás, los que en verdad trabajan: los actores.
Pero tal convencimiento es falso. El teatro, por ser una combinación de todas las artes, por abarcar las manifestaciones de las artes más diversas, exige muchos conocimientos y mucho cuidado para no equivocarse en las opiniones. Y sobre todo comprender los más recónditos pensamientos del autor. Hace unos dias hice sendas criticas de dos artísticas clásicos muy novedosos. Y se me hizo muy fácil, lo que seguramente fue un error. Juzgar la pintura y
la escultura debe ser mucho más dificil de lo que me pareció a mí, admiradora y enamorada del arte plástico sin mucha experiencia. Mi primera colaboración sobre Entropía fue juzgada con mucha benevolencia por los intérpretes de la representación, que la consideraron "escrita con mucho corazón". A decir verdad no sólo fue escrita con corazón, sino con "las entrañas". Porque allí, sobre el escenario, no sólo veía bailes, sino mi propio pasado.
Ese espectáculo dramático creado como un popurri de canciones, que abarcaban los sucesos de los años cuarenta que tuvieron lugar en México, emocionaban no tanto por la danza como por las canciones, que en aquellos años estuvieron a la orden del día en nuestro pais. Es bien sabido que la música puede emocionar infinitamente más que la palabra. Y la música popular lo logra con aún mayor facilidad, porque llega a todos los corazones del pueblo, de la gente sencilla. Y a la vez puede fácilmente conquistar el sentimiento del hombre instruido. Y tal cosa logró Entropía, de extraño significado al parecer, pero sencillo de comprender cuando se le quita la máscara de misterio. Cuando se libera del enmascaramiento,
significa simplemente, según dice el programa de mano: "El título mismo puede ser tomado a manera de charada deliciosa que confirma la importancia medular del juego para la tarea de Graciela Henriquez. Según la evidencia contribuye a integrar la palabra "Radio" y "Ranzas", los términos "radio" y "añoranza". Cabría añadir una tercera palabra, la de "danza", cuya resonancia se deja sentir de modo potente".
En esa visita segunda al espectáculo, me di cuenta que tomé muy poco en consideración el papel que en ese popurrí dancístico juega la radio, que el autor, la autora, juzgan un instrumento muy importante en la vida nacional de aquellos años. Los breves instantes cuando la radio aparecía en el escenario, nos daban a entender todo su peso, todo su valor en cada uno de los actos de la población... Creo que si he dejado de tomar en consideración a ese hacedor de ruidos, es porque desde que lo conoci, le tomé odio. Por aquellos años la voz de la radio parecía que estaba más que nada destinada a ensordecer. Como contaba José Revueltas: "Sus vecinos les gritaban a los vecinos
de enfrente: comadrita, ponga la radio un poco más alto, para que también nosotros podamos oir". Al fin, las delicias de la radio nos hacian huir de la casa y lograban hacer nuestra hermosa capital inhabitable. A mi me enloquecía sobre todo cuando los cinco o seis cafés y . cantinas de mi calle las ponían a voz en cuello a tocar todas juntas, distintas músicas.
Tampoco me he precupado suficientemente de la labor artistica de los intérpretes, quienes en su mayoría me eran desconocidos. Algunos demostraban ser bailarines profesionales. En cambio otros más bien parecían elementos de teatro. Como temo confundir a unos con otros, prefiero mencionarlos en conjunto, por sus nombres: Carmen Mastache, Mercedes Vaugham (que se ha dedicado al entrenamiento de bailes de salón), Elisa Lipkau, Antonio Gómez Palacio, Luis Zermeño (actuación especial), Sandra Ponce, María Fernanda Sauret, Pablo Deconca, Rafael Rosales, Alberto García. Todos ellos interpretan. do sus papeles bajo la dirección musical de Luis Rivero (personalidad conocida y reconocida en el mundo musical). Y bajo la dirección y la coreografía general de Graciela Henriquez.
En cuanto a la dramaturgia, ya sabemos que pertenece a Tomás Urtusástegui, médico de profesión y autor dramático de más de 100 obras.
Siento en el alma que una compañía que realizó semejante esfuerzo y puso tanto trabajo en la puesta de escena de ese nuevo género, sólo pudo representar ocho espectáculos por falta de un teatro adecuado. Esperemos que tanto sacrificio tendrá su recompensa y volverá en otra oportunidad a llevar la misma obra al escenario.