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Se alza el telón En las escenas de nuestra ciudad El sonido del futuro

por Malkah Rabell

He aqui una obra: Sonido del futuro, tan extraña, complicada, y enrevesada, que uno no sabe por dónde empezar las interpretaciones criticas ni los razona. mientos dramáticos. Podemos admitir que la música de ese "mágico espectáculo musical", tal como lo anuncia la propaganda de la representación, música de Mili Bermejo y Miguel Bermejo, así como de Philip von Reuter, es muy bella y sugestiva, que despierta en nosotros la nostalgia de otros tiempos más felices. Tal vez seria justo admitir que la música es lo más bello del espectáculo. Aunque las voces ya no responden a la musicalización del conjunto. Son voces de jóvenes cantantes miembros de un movimiento llamado: Sus interpretaciones son Cantos en movimiento realizadas por cantantes más numerosos que los actores dramáticos de la obra. Todos ellos ostentaban trajes cubiertos de lentejuelas, aunque ignoramos la razón de tanto lujo inútil y a veces hasta algo ridículo, por su carencia de imaginación. En cuanto a la temática de ese "mágico espectáculo musical", parece más bien pertenecer a la fértil imaginación infantil.

El autor Philip von Reuter, nos cuenta el misterio de un sueño que él considera realidad —al oír un sonido llegado, según sus sospechas, del más alla; seguramente emitido por un mundo fuera de nuestro control civilizado. Y anota: "Tal vez ese sonido tan lleno de incertidumbre, sea un llamado a mi conciencia, un llamado a mi esencia, tal vez sea un sonido que ya no escucharé más, pero que tenemos el derecho de conocer.

 

Tal vez sea el sonido del futuro".

Desde luego, son muy pobres los elementos que pueden afirmar la proveniencia de un sonido. Sobre todo en una ciudad tan ruidosa como la nuestra. Y sin embargo, con estos pobres elementos para sostener las fantasias del director —el propio Philip von Reutter —la obra se sostuvo durante 300 funciones en el lejano teatro del Museo del Carmen.

En la obra, algunos personajes tratan constantemente de introducir parlamentos filosóficos, que sólo logran despertar la risa del público, o por lo menos la sonrisa de una parte de los espectadores. A pesar de toda la insistencia filo. sófica del autor, no es posible convencer al público de la seriedad filosófica del autor, con esa historia de los hombres que llegan del otro mundo desconocido, cuya realidad física y mental no visualizamos aún del todo.

En cuanto a la interpretación dramática de ese conjunto bastante numeroso, francamente he perdido la cuenta de sus valores. Como ninguno de los actores me llamó especialmente la atención,

 

 

no veo la necesidad de mencionarlos. En cuanto al director de escena, que se anuncia como Felipe Alejandro, pero creo que es simplemente otra vez Philip von Reutter. Sean quien sea de los dos, su puesta en escena, sin llegar a grandes profundidades, of rece no obstante algunas escenas interesantes.

El viejo de la condesa

Es mucho más dificl aseguró [sic] que El viejo de la condesa, de Luis Eduardo Reyes, que se presenta en el teatro Jiménez Rueda ofrece alguna escena interesante. Más bien esta corta obrita de un solo acto, basado según parece en alguna breve narración, se me hace bastante desorganizada y aburrida. Como yo misma habito la colonia Hipódromo Condesa, se me hizo curioso enterarme de sus viejas leyendas. Pero, francamente, esta historia de un anciano con su caballo no presenta el menor interés, ni literario ni humano. Desde luego, un narrador de cuentos es siempre

más conveniente para el arte escénico que un novelista. Porque el foro de un escenario debe contar con los elementos que puedan resumirse, en lugar de analizarse.

Pero la obra de Luis Eduardo Reyes no presenta elementos ni para resumirse ni para analizarse. Y al finalizar el espectáculo nos preguntábamos ya excesivamente fastidiados: "¿De qué trata el espectáculo?" Siempre que uno considere conveniente llamar "espectáculo" a esa absurda historia, completamente vacía, que según parece sucedió hace muchos años en la Colonia Condesa.

Obrita exprimida de todos sus jugos escénicos, de todas las curiosidades humanas y literarias. ese apenas cuentito del desconocido para mi autor Luis Eduardo Reyes, carece de todo interés artístico. Y para colmo se halla pésimamente dirigido por Raúl Quintanilla, y aún más pésimamente interpretado por un grupo de actores entre quienes ni siquiera destacaba el excelente actor Patricio Castillo, a quien en numerosas oportundiades hemos visto ofrecer una espléndida actuación. El texto, si tenia algún interés, desaparecía en la mala dicción de los actores. Todo ello nos dejaba terriblemente extrañados por tratarse de una Compañia Nacional de Teatro.

Creo que la única salvación de esa breve "comedia", para llamarla de alguna manera, seria bajarla del escenario lo más discretamente posible y dejarla olvidada para los siglos de los siglos... ¡Amén!