Malkah Rabell
Se alza el telón
Aimé Cesaire y la epopeya de Lumumba
Nacido en la Martinica en 1913, el más conocido poeta negro francófono el mundialmente célebre líder y diputado de su país, Aimé Cesaire llegó tarde al teatro, después de toda una carrera de poeta ligado a la corriente surrealista en la capital francesa, en París, donde vivió toda su juventud. Llegó tarde al teatro, pero hizo en éste un debut sensacional con su Tragedia del Rey Christophe. Tragedia de ese rey negro de Haiti, liberada de los franceses. Antiguo esclavo. antiguo general en el ejército de Toussaint— Louverture, este último líder de la liberación de su país a quien Lamartine fue el primero en llevar a las páginas de un libro, de un poema dramático, aunque de una manera negativa. En la Tragedia del Rey Christophe, ese rey negro que gobernó de 1811 a 1820, y que probablemente le sirvió de modelo a Eugene O'Neil para su Emperador Jones. Christophe se transforma en Henry I, rey de Haití, después de una lucha a muerte con su presidente el mulato de origen francés, Anne Alejandro Petion, el primer presidente de la república haitiana. Realiza en 1859, esa su primera obra teatral de Aimé Cesaire fue puesta en escena por el director de escena francés: Jean Marie Serreau. La segunda tragedia de Aimé Cesaire enfoca a un personaje no menos trágico y exótico, aunque ya muy cercano a nosotros, nuestro contemporáneo, Patricio Lumumba, el líder de otra república negra: el Congo.
Inspirado en el título del máximo poema de Rimbaud: Una temporada en el infierno, esa temporada en el Congo de Cesaire, drama en prosa, es en realidad un poema dramático que entrelaza prosa y verso. Pero más que nada esos dos títulos encuentran su coincidencia en el infierno del cual hablan, el de Cesaire en el Congo, infierno que reina bajo la colonización belga y sigue reinando ya después, cuando nace esa nueva república africana y se inicia una lucha fratricida fomentada desde la sombra por el enemigo desalojado, en la que no sirven para nada las buenas intenciones del rey belga, ni la de Hammerskold al tratar de retener el temperamento violento de Lumumba. La historia y el porvenir lo dirán. La lucha fratricida hace su víctima al mismo Lumumba, el primer ministro de la nueva república congolesa, hombre demasiado peligroso para quienes tanto en el interior como en exterior piensan medrar con la sangre y la riquezas del país, del Congo liberado.
Lo emotivo de ese drama de Aimé Cesaire, es su absoluto alejamiento de cualquier reportaje periodístico. La inspiración del poeta negro, aunque él mismo no nació en el continente africa y sus experiencias personales no son tan ligadas al pueblo congolés , al pueblo de Lumumba, se nutre no obstante de la hermandad de sangre y de raza que le hace comprender los problemas raciales y las reacciones psicológicas de su héroe y de quienes lo rodean. Lumumba, un héroe sin duda más conciente y maduro que el rey Christophe, más preparado intelectual y políticamente que aquel rey de Haití, pero que en muchos aspectos se le parece, con el mismo sentido del humor, con el mismo ímpetu que lo lanza a la lucha sin preocuparse de las consecuencias, con el mismo sentido generoso y popular que tanto al rey Christophe como a Lumumba hicieron adorar por las multitudes de su pueblo, rasgos que a ambos transformaron en ídolos de sus países.
Y a través de la figura política y humana de Lumumba —probablemente la más importante y la más grande de Africa en esas últimas épocas de luchas y rebeldías— es toda la historia de su país y de su continente que se desenvuelve de una manera más o menos simbólica.
Desde el punto de vista de la construcción dramática, la tragedia lleva sobre todo el sello de un brechtianismo muy conciente con su cantante "el jugador de sanza" que relata lo subyacente y aun entre los diversos episodios aparecen sus dioses y su pasado que prolongan la prosa con sus permanentes carteles y transparencias. Pero se trata de un brechtianismo muy adaptado al espíritu negro, africano con sus proverbios, con sus creencias, con su ritmo muy peculiar y su lenguaje de original idiosincrasia, con su voz apasionada donde lo intelectual y lo popular se entrecruzan, se entrelazan en una sola unidad. Y termina como una tragedia de todo un pueblo, entre las ráfagas de ametralladoras y los cadáveres que antes de caer gritan: "Gloria a Lumumba. . . ¡Abajo el neocolonialismo!"
Creo que semejante obra tendría mucho éxito también en México en una buena traducción, en manos de una compañía universitaria juvenil, con un buen director. Ojalá lo busque uno de los directores más inquieto.