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Malkah Rabell

 

Se alza el telón

 

Vida... estamos en paz, de Tomás Urtusástegui

 

¡Otro fenómeno nos lleva del campo de la medicina al campo del teatro... Otro médico, sin renunciar a su profesión de medicina, se dedicó de repente a la dramaturgia, y en unos pocos años escribió — ¡increíble! ¡Cien obras!

Y aunque muchos pensarán... y por anticipado así lo proclamarán... ¡que esas cien obras, seguramente nada valen! ¡Pues, no, señores!... Aunque no lo crean, son obras en su mayoría, deliciosas, algunas... otras, dramáticas, ...Y muchas, perfectas!

¿Su nombre? ¡Tomás Urtusástegui! O mejor dicho: doctor Tomás Urtusástegui. ¿Su origen? Pues en este momento se escapó de mi memoria. Tal vez porque Tomás Urtusástegui parece ser del mundo entero. Y me sucede como a sus personajes de Vida... Estamos en paz creo tener la edad "adulta", es decir pertenecer ya a la tercera generación, de gente que ya hace mucho han dejado su pasado, van acercándose con paso acelerado a la vejez, a la ancianidad. Lo que Amelia, uno de los personajes de la obra se niega a llamar vejez, y prefiere designarlos como "adultos".

Uno de los rasgos más deliciosos del doctor Urtusástegui, es su sentido del humor, y me niego a considerarlo un humor negro. ¡Nada de esto! ¡Nada de negro! Mas bien yo lo llamaría color de rosa. Y los cuatro personajes sentados en el escenario durante dos horas, nos presentan una imagen de la vida tan ingenua y tan fresca, que todo el tiempo nos estamos riendo y logramos conservar un sentido de la vida con tantas esperanzas que alegran nuestros corazones y nos dan el valor de seguir viviendo y enfrentando las dificultades que toda vida humana presenta.

Otro de los rasgos de la construcción dramática del doctor Urtusástegui es que logra encontrar en el simple diálogo, en la simple charla entre varias personas, un interés que nunca decae, sin necesidad de mayor acción, la dinámica de la obra se halla en la palabra, casi sin acción, con protagonistas en actitudes casi inmóviles.

Otros razgo atrayente es que su prosa carece de dificultades y para nada necesita acción. Así con su sencillez y su gracia parece crear un ambiente especialmente interesante hasta para el más exigente de los oyentes.

Vi la obra: Vida... estamos en paz un sábado en la tarde, en el sencillo y lejano teatro Legaria, donde cumplía sus 200 representaciones con actores independientes, y en realidad desconocidos. Lo que no impedía que la sala, bastante amplia, se encontrara completamente ocupada. Según me dijeron ciertas personas del público que han asistido a otras funciones, sigue así de buen público en la mayoría de las espectáculos. Lo que puede considerarse un triunfo, y representar una esperanza para el teatro mexicano en los suburbios de la gran ciudad, de la capital.

En el escenario no se hablaba de alta filosofía, sino, tal vez de lo que cada uno de nosotros piensa muchas veces en la vida: no me importaría llegar a la vejez, si pudiera contar con unos buenos amigos que no me abandonarían, y un techo amado, al cual muchos años de convivencia me ataría sin duda, la idea de un asilo donde las circunstancias nos obligan a ir en busca de un poco de seguridad, no es muy alegre. Pero la vida nos obliga a muchas cosas inesperadas.

Los cuatro intérpretes que no se si ya han pisado un escenario en otras oportunidades, no dejan de ser muy agradables y conmovedores en la interpretación de sus papeles, tanto las tres figuras femeninas: Estela Furlong, Celia Suárez, Patricia Robinson, así como el único personaje masculino: Abelardo Reyes.

En cuanto al director de escena: Luis Robles, cuyo nombre me resulta poco familiar, parece bastante hábil en su manejo de los personajes, así como en el de las luces y en la creación del ambiente.

Es la primera vez que visito ese lejano teatro Legarla. Desde luego tal vez el numeroso público se debía a la fecha festiva del aniversario de las 200 representaciones de esa obra. Sin embargo el mismo hecho de haber llegado a tal número de espectáculos ya presenta un magnífico resultado.

Y de pronto pienso que tal vez otra de las virtudes del autor, es el de saber representar con tanta deliciosa sencillez el rostro del país, de México, de todas las cosas nuestras y de la gente nuestra. Aunque hay mucho en este hombre, en este creador de cien obras, del ser humano universal. Tal vez por ello es capaz de decir: Vida... estamos en paz.