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Malkah Rabell

 

Se Alza el Telón

La vela de la luna loca

Otra vez una obra dramática del ambiente homosexual. Lo qua ya resulta fastidioso y aburrido. Por fortuna esos homosexuales no pertenecen a la categoría común y corriente. Son algo raros. Son brujos. Por fortuna también, el director de escena, José Ramón Enríquez —que parece tener alas con el don de multiplicarse—, ha logrado imponer a ese drama-comedia, un tono y un ritmo peculiares, y hasta divertidos, que mantienen a los espectadores, que llenaban la pequeña sala Julián Carrillo de la Radio UNAM, clavados en sus asientos durante toda la duración del acto único de ese autor desconocido: Adrián Sotomayor.

Cosa rara, se trata de un espectáculo escrito y realizado por estudiantes de la Universidad Nacional, y por lo mismo, según me parece, también el público lo formaban estudiantes de la misma casa de estudios. Los tres intérpretes, que ni siquiera parecían profesionales, le dieron a ese acto único de Sotomayor, una calidad poco común. Por lo general, cuando un actor profesional realiza un papel de un afeminado, trata de mantener una actitud normal, para no caer en una interpretación burda. En cambio, Javier Rosales, en el papel de Gabi, hacía todo lo posible, y lo imposible, para transformar a su personaje en un ser ajeno a todo lo conocido. Y llevaba sus exageraciones a tantas alturas que el público se divertía y no dejaba de reír casi todo el tiempo. Es menester admitir que las exageraciones de Gabi-Javier Rosales resultaban originales, al mezclar al bailarín con un ser enajenado. Actor que promete y esperamos verlo en otras caracterizaciones que nos confirmen en nuestras esperanzas.

Los otros dos intérpretes, formados por Enrique Pichardo, en el papel de un muchacho, Diego, que cayó en el pueblo donde se desarrolla la acción, por puro azar, y desde su primer contacto con la población pueblerina, provocó unas violentas reacciones con sus aventuras poco esperadas. En cuanto a la tercera persona, también un travesti, en un papel menos dotado de elementos para lucirse, Luis Armando Lamadrid, ya estudiante recibido, parece ya gozar de mayores conocimientos de la profesión. . . La naturalidad de las voces sobre todo de los dos homosexuales, se debía probablemente en gran medida a la asesoría de la conocida cantante Margie Bermejo, así como de la ayuda de Tito Vasconcelos en los movimientos. La exhibición desnuda bastante prolongada del joven Enrique Pichardo en el papel de Diego, no molestaba, lo que ya es un milagro.

Y así, en ese ambiente donde la extrañeza de los protagonistas se debía más a sus propiedades de brujos que a las de homosexuales, en esa noche cuando se celebra en Juchitán, año tras año, la Vela de los Mushis, y como anota el programa de mano: "Liturgia de los homosexuales de la región, travestidos por sus abuelas, para un sacerdocio extraño". Quizá ese sacerdocio debido a los afeminados del lugar, no sea bastante subrayado, porque realmente se trata de algo completamente extraño y desconocido no sólo por el público sino creo que bastante por toda la población del país.

Probablemente, es esa noche, en la cual "la brujería y el erotismo se conjugan", según repite el programa de mano, que da su interés a la representación y despierta el entusiasmo del público. Y por fortuna el entusiasmo y la entrega a sus personajes, de los tres jóvenes actores: Rosales, Pichardo y Lamadrid, bajo la dirección severa de José Ramón Enríquez, es la que impone el verdadero interés a esa Vela de Luna loca, del joven dramaturgo y actor Adrián Sotomayor, de quien tengo entendido es la primera obra dramática.

En ese espectáculo de un grupo de estudiantes universitarios, bajo la batuta de un director como José Ramón Enríquez, llama también la atención el lugar donde se llevó a cabo el montaje de la representación: Salón Julián Carrillo de Radio UNAM, que ha sido transformado en los últimos años, de un lugar de recitales bastante poco frecuentado, en ese precioso teatrito para amantes del arte dramático.