Resaltar búsqueda

 

 

Malkah Rabell

Se alza el telón

Vislumbres en la dramaturgia

 

Después que lonesco pronunció en El rey se muere su réquiem por el Teatro del Absurdo y Beckett colocó una corona mortuaria sobre la palabra viva en Los payasos donde la única voz audible era la de una grabadora; después de que se cansaron de brincos y frenesí los partidarios de la vuelta al movimiento corporal estilo Commedia del Arte; después que multiples experimentadores llegaron a suprimir del escenario tanto la palabra como el movimiento, recurriendo a un teatro de pasividad completa; los dramaturgos del mundo entero empezaron a mirar con mayor simpatía a lo tradicional y clásico. No obstante siempre había experimentadores que seguían buscando nuevos estilos, flamantes construcciones dramáticas, sin por ello abandonar del todo las herencias dejadas por los últimos 50 años de búsquedas teatrales. Entre la pléyade de ensayos novedosos, se pueden vislumbrar con bastante claridad unos rasgos repetidos una otra vez y que hermanan a los escritores más distantes geográficamente, debido a esa misteriosa germinación de la misma semilla creativa a través de los mares y de los continentes. Germinación de un nuevo movimiento carente aún de nombre y de teorizantes.

Por de pronto esa nueva manifestación teatral es de una crudeza realista capaz de ruborizar las sombras de Stanislavsky y de Antoine, quienes probablemente hubiesen rechazado una obra como El cuarteto del inglés E. A. Whitehead, pese al naturalismo de sus respectivos repertorios. Esa nueva tendencia que intentamos deslindar se acoge a un verismo llevado a sus últimas consecuencias, a veces hasta la pornografía y lo escatológico. Otro de sus rasgos es que se basa en algún hallazgo más o menos significativo de nuestra época, en torno al cual el ingenio del autor crea una situación, un estado de cosas, una condición real o imaginaria, ajenos a toda acción, a todo argumento o anécdota, a todo drama que es acción hasta por el significado de la palabra en griego. En esa nueva corriente nada sucede, no existen golpes de sorpresa, ni solución final, ni misterios ni enigmas. Sus protagonistas a menudo carecen de psicología y pueden pasarse sin nacionalidad, y si casi siempre es factible definir el momento histórico de la obra es a pesar de los autores. debido precisamente a su realismo.

Sin duda, ya el Teatro del Absurdo trataba de imponer un situación falta de acción, sin argumento, ajena a la geografía y al tiempo. Pero, el Teatro del Absurdo recurría al abstracto, al simbolismo poético, a un lenguaje hermético, que lo salvaba de cualquier obviedad, que se basaba en algún hallazgo extravagante, tal como un cadáver que crece en su cama a ojos vista; o como unos ancianos que "florecen" en un tacho de basura, o una mujer que se hude en la arena para simbolizar la vida que se va, el tiempo que huye, lonesco tenía una increíble capacidad de transformar en insólito la más banal de las situaciones: en tanto el movimiento actual (que ni siquiera puede llamarse "movimiento") o reciente, se diferencia de aquel antiteatro. por la claridad del lenguaje, o mejor dicho por la simpleza de ese lenguaje carente por completo de hermetismo y acertijos, por el verismo de ios hallazgos comprensivos para todo el mundo. Realismo, situaciones, lenguaje simple y elementos fotográficos; eran los cuatro pilares de aquellas manifestaciones de hace unos veinte años atrás.

Para descubrir el lazo de unión existente entre diversos dramaturgos de aquella época que se puede considerar inmediatamente ulterior al "Anti-Teatro", es bueno citar algunos nombres y analizar algunas obras, sobre todo las que fueron montadas en los escenarios capitalinos. La primera que hemos visto hace ya bastante años fue la obra del inglés E.A. Whitehead: El cuarteto, que llegó a despertar una fuerte controversia en nuestro ambiente teatral, sobre todo entre el público, con su anécdota extremadamente simple y frágil: la salida dominguera de dos parejas: salida al mar en un día de sol en la brumosa Inglaterra, aunque también pudiera suceder en cualquier otra parte del mundo, y también en cualquier otra época. Los diálogos se basan constantemente en expresiones soeces, escatológicos, y lo que entre esos cuatro seres humanos se desarrolla es una especie de duelo de odios sexuales que suben constantemente de tono hasta llegar al climax de crueldad y tensión. Sistema ajeno a todo drama tradicional.

Otra obra basada en una simple "situación", aún más determinante y ajena al teatro tradicional es El primero del norteamericano Israel Horovitz. quien tuvo un hallazgo al parecer muy simple, muy insignificante. como una "cola" en la calle de alguna ciudad moderna. El autor no especifica donde, ni cuándo se realiza esta "cola". Puede ser ante la taquilla de un cinema o ante un sitio de taxis: ante una fábrica en busca de mano de obra, o ante una panadería en un país donde escasea el alimento. Una "cola" donde "alguien" espera "algo", y donde cada uno lucha por ocupar el primer lugar. Y en esa "situación" el autor transmite los incidentes y manifestaciones vitales que pueden suceder en semejante caso. Pequeñas tragicomedias que pueden a su vez servir de símbolo. ¡Ay! ser el primero en todas parte, sobre todo en los Estados Unidos. ¡La violencia y la agresión desatadas para triunfar, para darse a conocer, para ganar el primer millón, para ser el primero y ocupar el primer lugar! La convivencia humana lo que llamamos "civilización" se debe más a la "educación" y a las buenas costumbres, que a la imposición policiaca. Y cuando dejan de tenerse en cuenta las obligaciones de "civilizados", el mundo se transforma en selva. La "cola" que pinta Horovitz es como un microcrosmos del mundo nuestro.

Horovitz tiene también otra obra: Los acróbatas donde recurre a un hallazgo situado en el marco de una situación. Una pareja de acróbatas cirqueros durante la ejecución de su número ponen en claro sus vidas. Se echan en cara sus mutuas faltas y deciden divorciarse. El tiempo del espectáculo es él del tiempo de un número acrobático: veinte minutos. También aqui el lenguaje es claro, verista. Más, tanto El primero como Los acróbatas nunca recurren a la brutalidad idiomática ni a las expresiones soeces.

En el próximo número del periódico hablaremos de la influencia que semejante tendencia tuvo en el teatro mexicano, en algunos de sus autores.