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Malkah Rabell

 

Se Alza el Telón

Él y sus mujeres, en el teatro Hidalgo

Nunca fui muy admiradora del teatro de Neil Simon. Tampoco el título: Él y sus mujeres me convenció mucho. y presentaba a mi imaginación unas imágenes eróticas de poca belleza. Pero un compañero del ambiente teatral a cuyas preferencias escénicas confiaba, me aseguró que esta vez Neil Simon resultaba mucho más profundo y convincente que habitualmente, y me decidí ir el domingo 25 de diciembre al teatro Hidalgo, donde se ofrecía la obra. a una hora de la tarde cuando las calles de la ciudad desbordaban de una multitud en busca de regalos navideños, vendedores ambulantes instalados a todo lo largo y todo lo ancho de la Alameda, con sus globos de múltiples colores que parecian emprender de inmediato el vuelo hacia el cielo. Ante el teatro, tan cercano al Bellas Artes, los taxis y los camiones se multiplicaban y hacían casi imposible el paso de los peatones. Cuando por fin llegué ante la taquilla, el espectáculo estaba a punto de iniciarse.

A decir verdad, no pude decidir en qué se distinguía mayormente ese Él y sus mujeres de las otras creaciones de Neil Simon. Me parecía tan desabrida ésta como las demás de sus piezas. En el escenario, ocupado por una escenografía bastante desagradable. formada por escaleras de casa pobre, cuya presencia no me explico ni les veo la razón para la temática de la obra. En medio de ese decorado, se encontraba un hombre, el protagonista, Fernando Luján, acompañado cada vez con otra de las numerosas mujeres que forman el reparto. Mujeres que entraban y salían, que aparecían y desaparecían. Sus presencias se distinguían de cualquier otra. o por lo menos debia diferenciarse. ya que se trataba de seres soñados, de mujeres creadas con la materia espumosa de los sueños del escritor llamado Jake, que sostenía largos parlamentos no sólo con mujeres amadas, sino con toda clase de presencias femeninas que han entrado en su vida, y a quienes con el tiempo ha ido transformando en las protagonistas de sus novelas. Este rasgo no es tan original como se supone. Ya van más de un escritor que ha usado semejante elemento en sus operaciones ya noveladas ya dramatizadas. A la larga, esta serie de mujeres soñadas terminan por aburrir, y sobre todo su falla consiste en que hacen confusas las situaciones, y confunden la realidad con el sueño.

Entre el gran número de muieres que aparecen y desaparecen y desaparecen del escenario, terminamos por ignorar cuáles son el resultado de la imaginación, y cuáles son reales. Además el programa de mano no se molestó en indicar cuáles son los nombres de los personajes, sólo indican los nombres reales de los actores. El resultado es que nc sabemos muy bien quién es quién. Por lo menos yo lo ignoro. Si no me equivoco Irma Lozano debe ser la hermana del protagonista, a quien este último invoca cada vez que necesita su ayuda. Y esta extraña figura se encuentra refugiada en la heladera eléctrica, y lleva puesto un vestido adornado de una cola de varios metros de largo. En este ente de doble significado: realidad y fantasía, la excelente actriz Irma Lozano da muestra de su capacidad de siempre. Lo mismo le pasa a Ana Bertha Espin, en el papel de esposa "real" del escritor. Me parece que todos cumplen más o menos correctamente con su tarea. La única diferencia reside en el más. o en el menos. Me ha gustado especialmente una muy joven actriz (que no reconozco en las fotos) pero que hace el papel de la madre de la hija del protagonista. El único protagonista importante es el escritor, es decir Fernando Luján, el único papel masculino, quien sin llegar a extremas alturas dramáticas. domina su personaje, y solamente de tanto en tanto éste se le escapa de las manos.

En una ciudad como nuestra capital 126 teatros, según se considera existen en el DF, tienen una magnitud que no corresponde a la verdadera capacidad teatral de la misma. No podemos ni soñar que la ciudad ofrezca a 126 compañías sendos autores de especial capacidad. Sobre todo cuando en el mundo entero se nota la ausencia de dramaturgos de envergadura. Es más fácil reunir numerosos actores, no todos profesionales, ni con exceso de talento ni de preparación. Tampoco es posible para ese maremágnum de grupos teatrales encontrar los directores apropiados, tampoco de escenógrafos ni otra clase de técnicos indispensables. ¿Cuál es el resultado? Exceso de teatros y poca calidad, teatros para los cuales falta público. Exceso que si no se le pone un hasta aqui se va a transformar en el peor enemigo de la vida del teatro en México.