Resaltar búsqueda

 

 

Se Alza el Telón

Espectáculo de medianoche: La sirena del marino nocturno

Los espectáculos de medianoche tienen mala fama. Se les considera especializados para públicos de poca moral y de muchas exigencias pornográficas. Confieso que por primera vez en mi vida asistía a una de esas representaciones medianochescas que actualmente se presenta en el teatro Foro Shakespeare. Y me preguntaba a mí misma: "¿Cómo llegué hasta aquí?" Cierto, me invitaron, y no me pareció correcto negarme. Pero, ahora, se los agradezco. En la vida siempre es tiempo de aprender algo nuevo.

Esta Sirena del marinero nocturno, debida a un autor para mí absolutamente desconocido: Jesús Alberto Cabrera, nos trae al escenario muchas cosas que en la actualidad ya no asustan a nadie. En todas las representaciones, hasta en las más respetables, los desnudos abundan, y a veces hasta hacen gala de algo más que la desnudez. Y hasta señoras madres de familia lo toman con toda la naturalidad. Y no sé si debo atreverme a decir que hasta las abuelas lo gozan... Pero Jesús Alberto Cabrera nos introduce en el alma de algunos homosexuales que nos aclaran el secreto de esos temperamentos apasionados, que más de una vez llegan al asesinato. Lo que el director de escena, Tomás Ceballos, logró, para nuestra mayor admiración, demostrar con dos jóvenes actores que han dado lo mejor de sí mismos, hasta conseguir una actuación que alguna vez llegaba a lo inolvidable.

Entre esos dos jóvenes; uno casi un principiante, Galo Esquer, como Juan, casi un chamaco como lo llama su partenaire, el Marino Nocturno, Paco Roustand, a todas luces ya mucho más maduro en la profesión, quien en el papel de Homero hizo una verdadera creación, adaptándose al personaje tanto física como artísticamente.

Este dilo de hombres jóvenes que en realidad aún no han definido sus tendencias amorosas y sexuales, ni han elegido su camino en la vida con plena conciencia, se enfrenta en esa noche de su primer encuentro en una habitación de un hotel de paso, a la dramática elección. Y vacilan en sus tendencias pasando de la atracción hacia la mujer a la que los atrae hacia sus semejantes masculinos. Sobre todo, Homero, que siendo marinero, comprendemos mejor que después de largos viajes y largas ausencias durante las cuales convivió con sus compañeros marinos, añore la presencia femenina. Y aunque por un lado sus características psicológicas y anatómicas lo atraigan hacia su propio sexo, una voz interior, no siempre escuchada, lo llama nostálgicamente hacia el otro lado de la marea hacia el sexo opuesto, la mujer.

La escena de la navaja, que opone y atrae masoquistamente a los dos hombres, a los dos recién encontrados, a Juan, el más normal y el más decidido en su camino al homosexualismo, y al otro, al nocturno, más cercano a la locura que a la clarividencia, y que tanto nos explica el temperamento de esos seres a menudo psicológicamente enfermizos.

Todavía hay un tercer personaje en ese sugestivo drama de varias almas que se juntan y se rechazan. Es el antiguo marinero sueco que todavía habita el pasado de Homero, y que le aparece a este último en su "soñar despierto". Ese Hans Jean Paul Bier tiene pocas apariciones en el drama, pero resulta importante en el tema anímico de Homero y de la obra.

En cuanto al director de escena, Tomás Ceballos, que ha faltado durante varios años de la capital por encontrarse en su patria chica, la hermosa ciudad de Mérida, en Yucatán, donde ha desarrollado una actividad teatral muy fuerte, suya es la responsabilidad de las actuaciones, del ritmo, de la creación del ambiente, de las luces que el director tuvo el buen gusto de mantener a media luz en la cual las desnudeces apenas se notaban. También suyas es la responsabilidad de la disciplina y el apasionamiento con el cual los dos actores han desempeñado sus papeles. Aunque tal vez podríamos sugerir que Galo Esquer tratara menos de imitar las conocidas actitudes de ese grupo humano.

Tanto la escenografía de la modesta habitación de un hotel de paso, que se debe a un joven artista, Arturo Nava, ya varias veces premiado, como la música original de Lucía Álvarez han sido perfectas para subrayar la atmósfera dramática de la obra.

En cambio lo que me sorprendió fueron las demostraciones de alegría y diversión que demostraba cierto público que llenaba el reducido ambiente del Foro Shakespeare ante un tema y un espectáculo que a todas luces se me hacía dramático.