Se Alza el Telón
Campo de Plumas en el Foro Shakespeare
Título indudablemente sugestivo, que despierta la imaginación y diversos pensamientos que tal vez no vienen al caso. Campo de plumas obra en un acto, de un autor aún desconocido: Mauricio Pichardo, que nos lleva de la mano hacia sueños de campos verdes, ondulantes bajo un soplo de viento suave; pradera cubierta de plumas multicolores perdidas por bandadas de aves vagabundas. Pues si, son hermosas imágenes que nacen en nuestra mente. Pero todas equivocadas. Se trata de algo muy distinto. Simplemente la escenografía es la de una amplia cama, que representa, según dice la introducción del programa de mano: "el espacio cotidiano de la pareja, territorio compartido a lo largo de una noche interminable, espacio de encuentros; nido donde se gesta el amor, o campo de batalla donde sucumbe uno de los combatientes, ring de lucha o escenario teatral, espacio donde germinan la rutina, la soledad y el aislamiento de quienes lo comparten".
Pues, con esta excesivamente prolongada introducción, el dramaturgo trata de consolarnos —tal vez— del aburrimiento que durante una hora es el destino del espectador del reducido teatrito Shakespeare... Pues, no son las plumas de los pájaros de múltiples colores que se encuentran en ese Campo, sino las plumas faricadas en talleres norteamericanos, sobre las cuales reposan dos conyuges, quienes al no poder conciliar el sueño, se dedican a pelearse, a agredirse, y encontrarse mutuos defectos, en tanto la joven esposa busca las razones de la existencia de una pareja, y el marido hurga en el pasado de su conyuge desde siete años, imaginando unos pecados que sólo existen en su imaginación.
Lo único excelente que podemos encontrar en ese espectáculo, es la participación de los dos jóvenes actores, Alonso Echánove, que peina canas, y Zaide Silvia Gutiérrez, que hace poco aún hacía papeles de niña. Esa presencia salvaba la obra del hundimiento. Pero, por más excelente que fuera la actuación no basta, y no puede salvar la puesta en escena. Sólo una obra de calidad puede darnos el triunfo. Lo que no fue el caso de este Campo de plumas, que ni siquiera es poético, y más bien parece una canción dramatizada debida a un cancionista popular y ejecutada por un organillero.
Y volvemos a preguntarnos —como ya lo hicimos en numerosas oportunidades— ¿de dónde salen los nuevos dramaturgos que invadieron el escenario de los teatros mexicanos en una cantidad insospechada? ¿Cómo es posible admitir cualquier texto y después quejarse de la falta de interés de los espectadores? Sin duda debemos regocijarse por la cada vez mayor aceptación de la dramaturgia nacional. Pero es necesario exigir calidad, interés no sólo para el espectador sino hasta para el intérprete y para la opinión pública. Si Ilegaramos a contentarnos con cualquier texto con tal de que sea nacional, sólo lograremos ahuyentar al público que perderá la confianza en el teatro nacional.
En cuanto a la dirección de Raúl Quintanilla, ¿qué milagros podía lograrse con un texto de tan pocas posibilidades? Todavía existen teatristas que tienen una fe ciega en la dirección. Hablan de las maravillas directivas hasta para una obra que no les gusta o que no existe. Semejante fe nos llega todavía de la época —hace dos o tres décadas— cuando en el escenario se alzaba la férrea dictadura del metteur en scene quien se consideraba el único "hacedor" del teatro. Por fortuna esa época ya pasó a la historia, y los amantes del teatro que suelen decir, o pensar: "el texto no me gusta, o no existe, pero me encanta la dirección", creo que se equivocan. Sin un buen texto, nada puede la puesta en escena, como nada puede la escenografía por sí misma. Y esa escenografía de Cristina Martínez de Velasco con su poco imaginativo colchón en medio del foro y sus luces a medio tono, nada agregaron al conjunto.
Lástima grande que se pierda la presencia de dos actores de valía como Alonso Echánove y Zaide Silvia Gutiérrez en una obrita de tan poca calidad como es Campo de plumas.