Resaltar búsqueda

 

 

Se alza el telón

 

Misantropías o la vida de un misátropo

 

Estas Misantropías que la directora de escena, Flora Dantus monta actualmente en la Capilla del teatro Helénico, se refieren a la obra de Héctor Mendoza del mismo titulo, que nos presentan la vida del misántropo que fue Jean Baptiste Poquelin, que paso a la historia universal del teatro con el nombre de Moliere, nombre que hizo famosos todos los escenarios donde se presentó, conocidos y desconocidos, ya que este comediógrafo francés, triste, malhumorado y enfermizo, sabía hacer reír a todos los públicos, y logra el mismo milagro hasta hoy en día.

Héctor Mendoza, supo dar en sus Misantropías una muy inteligente y original versión de la vida de aquel comediógrafo del siglo XVII, fallecido en 1673, que divertía al monarca más brillante de Europa, Louis XIV, aunque según parece su corte, no menos brillante, no gozaba el humor molieresco con el mismo placer que su rey, y hubiese —con sumo placer— enviado a ese amuseur de triste figura, al infierno.

El autor, director y maestro adorado por los innumerables alumnos que fueron suyos, Héctor Mendoza, eligió un episodio de la vida de su protagonista, bastante conocido, pero interpretado de diferente manera por cada época y por cada comentarista. Que Moliere se había casado con la muy joven hermana de su amante de larga fecha, Madeleine Bejart, es bien sabido, pero las malas lenguas lo acusaban de haberse casado incestuosamente con su propia hija, fruto de sus amores con Madeleine. El autor de Misantropías adopta a medias el punto de vista de la maternidad de Madeleine Bejart, pero de ninguna manera admite la paternidad de Moliere. Tampoco la "hija" de Madeleine aparece como la desvergonzada coqueta según la pintaban sus coetáneos. Héctor Mendoza más bien ofrece de ella una imagen de inocente jovencita que dejó de amar a su viejo marido para entregar el corazón a un joven actor más digno de su propia juventud. Una sola vez Mendoza pone en boca de su protagonista una acusación contra su esposa, cuando le dice a su antigua compañera: "¿Te parece poco coqueta una muchacha que trata de enamorar al amante de su propia madre?" (cito de memoria).

Con un texto brillante, que maneja hábilmente las situaciones y a los personajes, y que aúna al Misántropo con El enfermo imaginario, la directora Flora Dantus, montó en la Capilla del Teatro Helénico, un lucido espectáculo, tal vez de ritmo un poco lento, pero muy apropiado tanto a las ideas del autor como a esa bellísima escenografía que resulta el propio teatro en su Capilla, con sus formas esculturales de arcos y columnas casi medievales. Belleza que ya no necesita una escenografía renovada.

La directora de escena también contó con un equipo de jóvenes actores, con más talento que hábitos inculcados. Lo que daba frescura y sinceridad a todo el espectáculo. En el papel de Moliere, a quien el autor llamó Alceste, tal vez para dar una unidad al personaje real y su protagonista, figura Luis Rábago, ese excelente actor que hace un año triunfó en el muy dificil papel de El Padre de August Strindberg. Tal vez, para quienes busquen el realismo histórico en la representación de ese personaje, Luis Rábago les parecería un Moliere demasiado Buen Mozo, excesivamente joven y bien parecido. Pero no hay que olvidar que el escenario exige la belleza, y siempre resulta más agradable para el público presenciar cómo un actor indudablemente joven y bien parecido besa a su joven esposa, en lugar de un actor realistamente feo y chaparro (como lo fue Moliere), aunque murió relativamente joven, a los 51 años, y quien en esas Misantropías presentaba no sólo el tipo del Misántropo, sino que quedó muy aunado al Enfermo imaginario, tal como pensaba de sí mismo irónicamente Moliere. Un enfermo imaginario que no pocas veces escondía sus estados enfermizos ante las críticas de las hermanas Bejart. Héctor Mendoza le da al final de la obra un rasgo muy extraño y personal: parece acusar a Moliere de homosexualismo. Lo que tampoco me extrañaría.

Todos los demás intérpretes, pese a la juventud de la mayoría y a la poca experiencia de algunos, realizaron con mucha responsabilidad sus obligaciones artísticas. Tanto las dos hermanas, o madre e hija, según los puntos de vista de Héctor Mendoza, Carmen Delgado como Madeleine y Aurora Cano como Armanda, como asimismo los dos personajes masculinos: Dario T. Pie, como el joven actor de la compañía molieresca y sobre todo Guillermo Larrea en el papel del marqués Filinto, en el cual logró crear un personaje reflejo de ese siglo XVII con todas sus manías y exageraciones, todos cumplieron excelentemente con su cometido artístico.

Y es extraño constatar cómo Héctor Mendoza logró crear con la vida de ese "hacedor" de la risa, como fue Moliere, una representación casi dramática. Tal como fue en realidad la vida de Moliere: un drama.