Se Alza el Telón
El hacedor de teatro en el teatro Universitario
Título extraño y obra extraña, más que argumento es la exposición de una idea acerca del teatro, con todas sus miserias y grandezas, que tenía el autor, el austriaco Thomas Bernhard, ya fallecido desde algunos años. Pero, aún más que un drama es un monólogo en tres actos que sostiene un solo actor en torno de quien giran tres protagonistas casi mudos, casi sin palabras, unicamente agregados a la acción —o a la falta de acción— para darle algo más de movimiento y no permitirle que caiga definitivamente en la monotonía.
El centro del interés es la presencia de la figura de Bruscón, interpretado por un joven actor, Mauricio Davidson, quien ya en diversas oportunidades, prometía mucho, y quien en el presente papel crea a un personaje inolvidable. Ese Bruscón, ¿quién es? ¿Que busca en la vida ese actor trashumante que tiene en sí mismo y en su talento de intérprete una fe ciega, infinitamente exagerada, que más lo acerca a la locura que a la creatividad artística, más vagabundo que busca el pan que un artista en busca de aplausos.
Por lo general esos tipos de actores que andan de pueblo en pueblo en busca de un escenario donde presentarse y que lo hacen en cualquier parte, desde un bar hasta una escuela primaria, resultan tristes a morir, con su hambre apenas disimulada, con sus niños que ya van aprendiendo el oficio, con sus esposas a menudotuberculosas, y que nos recuerdan a la familia de la maravillosa Leonora Duse, igualmente actores trashumantes, a quienes tantos desprecian con altanería. Así es también la familia de Bruscón, con cuya figura no sé muy bien qué quiso simbolizar Thomas Bernhard.
Mauricio Davidson ha puesto en su creación más que talento. Pienso que le ha inyectado su propia sangre, su propio soplo vital. Bruscón no es un hombre simpático, pero lo aguantamos debido al actor que lo interpreta y nos preguntamos casi si es un ser humano o una criatura inventada de numerosas piezas de madera. Uno se pregunta igualmente cómo un actor normal logra tanta energía, tanta resistencia puesta al servicio de un personaje que no deja de hablar durante dos horas y media. Y lo hace con una voz clara que no deja perderse ni una coma. Una voz que no se esconde en las tonalidades modernistas del habla muy bajo que algunos han puesto de moda.
Davidson llena todo el primer acto con su personalidad, y nos olvidamos de sus inexplicabilidades, de las controversias casi absurdas de ese personaje que a veces se nos hace enfermiso y hasta degenerado. Nos basta escucharlo con ese leve acento alemán, que tal vez no tiene razón de ser, ya que el personaje es alemán y se supone que habla en su propio idioma, por lo tanto sin acento. Pero ese leve, levísimo acento le da un especial encanto y casi un misterio al cual adherimos. No sé por qué en el segundo y tercer acto ese acento desapareció, y el intérprete indudablemente agobiado por el cansancio bajó algo la calidad de su interpretación. Esa maravillosa calidad interpretativa que no hay manera de explicar, simplemente nos juzga y nos hace más aguantable esa obra bastante aburrida, que no pudo salvar ni el director de escena, Juan José Gurrola, aunque puso mucho de su parte para dar alas a su intérprete central, ni el escenógrafo, Alejandro Luna, que montó una escenografía bastante falta de imaginación.
Mauricio Davidson es sin duda el próximo premio de actuación por la creación de Bruscón. Por el momento sólo lo veo a él como el mejor protagonista del año 1993.