Se Alza el Telón
La noche de San Juan de August Strindberg
Hoy, cuando leemos a Strindberg, el dramaturgo sueco nacido en 1849 y fallecido en 1912, la fuerza de su lenguaje y de su dramatismo nos sojuzga de tal manera que sólo podemos decidir que fue en su tiempo no sólo el mejor autor dramático de su país, sino, tal vez, de toda Europa. En esa Suecia donde hasta la aparición de Ibsen no existía ni vida teatral ni dramas para el escenario, Strinberg se nos aparece como un genio, que ni Ibsen que fue su maestro, puede desplazarlo, sobre todo en el terreno del estudio del alma humana, especialmente en su comprensión de la psicología femenina.
Cuando escribe su Srta. Julia (en 1888), título original de Noche de San Juan, que le impuso el actual grupo artístico que lo montó en el Foro Shakespeare, parece haber descubierto el misterio anímico más hondo de ciertas señoritas de la alta sociedad, no sólo sueca sino universal, y no sólo de su época, sino de la nuestra. Porque August Strindberg, que a veces es considerado como un enfermo mental, es indudablemente un genio moderno, un escritor de nuestros tiempos, que sólo un Dostoyevsky pudo igualar en los tiempos de los zares y en el terreno de la novela.Todos sabemos que las Srta. Julia, existen, y en gran número, consiente o inconcientemente las presentimos a nuestro lado, y las podemos señalar bajo diversos nombres. Existen, aunque a menudo tratamos de negar su existencia. Son las señoritas de gran orgullo, de honorables familiares, que no se van a casar con un cualquiera, pero que se van a entregar al primer llegado, entre ellos al sirviente de la casa. Y así el "hijo de la sirvienta" que fue Strindberg, título de ignominia que envenenó toda su vida, pero que tal vez también creó algunas de las raíces de su genio. Hijo de la sirvienta, llega a ser desplazado hacia la mujer en toda su vergüenza. Después de ver —o leer —La Srta. Julia, pensamos que bien pudo haber nacido un hijo "del sirviente" en la cama de la orgullosa heredera. Se dice y se considera que en todas las literaturas, el autor no puede escapar a su propia biografía. Pero muy pocos creadores la han usado con tal angustiosa necesidad como Strinberg. Y La Srta. Julia, es indudablemente la historia de su madre, pero cambiando de sexo.
La compleja figura de la Srta. Julia, es genialmente despejada de toda su máscara de aristocracia por el autor sueco. Es la vanidad de ciertas mujeres jóvenes, bonitas y ricas —aunque tampoco faltan en las clases más modestas—, y su necesidad de llamar la atención, de atraer a todo el sexo opuesto y tenerlo a sus pies, desde el amo hasta el sirviente. Desde su primera entrada en escena, el sirviente Juan, la presenta a su novia como loca, "La Srta. Julia baila como una loca". Y en realidad lo es. Loca de orgullo, de vanidad, de necesidad de sentirse el centro del mundo. Lo que el vivalez del doméstico aprovecha muy bien, pese a su máscara humilde. Y hay en él una terrible necesidad de humillar a esa "Puta aristocrática". En ella Juan se venga de todas las docenas de botas que hubo de limpiar en la casa de su patrón. En ella se venga de toda su clase social.
Tres personajes en el escenario. Tres figuras humanas y tres mundos distintos. Cada uno con los misterios de un alma y de un destino completamente distintos. Y nos quedamos extrañados como el mismo dramaturgo pudo descubrirlos tan extraños entre sí, tan ricos cada uno en sus propios misterios anímicos, en sus propios desconocimientos uno del otro, y ponerlos bajo el mismo techo, en el mismo escenario. La dirección de esa Noche de San Juan, montada en el Foro Shakespeare pertenece a una directora de escena que nunca tuve la oportunidad de conocer: Susana Wein. Es increíble como nuestro teatro mexicano en la actualidad, que ya de 80 creció a 126, se ha llenado de nuevos artistas, de nuevos directores, de nuevos dramaturgos, de nuevos actores, como un bosque después de una copiosa lluvia se llena de plantas. De dónde han surgido todos esos elementos, que no sabemos muy bien si deben alegrarnos o angustiarnos. ¿Qué podemos decir de semejante puesta en escena y de semejante dirección de actores? Creo que la persona más conocida de ese conjunto es Jarmila Masserova, que esta vez ha logrado manejar el complicado escenario del Foro Shakespeare con una mano hábil y artística. Vimos en este terreno que se presta a toda clase de montajes y de arreglos escénicos, como crecían varias habitaciones una al lado de la otra, que formaban si no una unidad neta, por lo menos una unidad relacionada una con la otra, que daba mucho interés al escenario.
Jarmila Masserova que es también la responsable del vestuario, en este último campo realizó mucho menos, por la simple razón que la obra exigía muy poco, si uno no deseaba transformarla en una imagen de un siglo y de un ambiente completamente distintos del nuestro. Por fortuna, la escenógrafa con muy buen sentido de la medida y con muy buen gusto, no trató de cargarlo de ninguna extravagancia.
Y con este maravilloso texto de Strindberg, ni siquiera Mercedes de la Cruz, en el papel de Julia, logró echarlo a perder, aunque parecía empeñada en esconderlo debajo de unas tonalidades tan bajas que casi no se oían. Mucho mejor que la suya se escuchó la voz de Roberto Medina en el papel del sirviente Juan, actor que nunca he visto en otro protagonista de importancia. Aunque el personaje de Juan le quedaba físicamente poco apropiado, logró cumplir con sus compromisos dramáticos con toda decencia. En cuanto a Claudia Ruis, en el personaje de la sirvienta Cristina, papel no muy importante, pero característico, por la psicología que demuestra de mujer del pueblo que se niega a trabajar en una casa donde los dueños no se saben hacer respetar por los domésticos.
Desde luego, La Srta. Julia pide a gritos a grandes y profundos intérpretes, pero su prosa, su texto, es de tan extraordinaria profundidad y sus personajes son tan genialmente creados, que nadie —ni los intérpretes, ni el director— pueden destrozarlos.
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