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Se Alza el Telón

Vuelve La inmaculada de Héctor Azar

Malkah Rabell

Después de muchos años de ausencia, vuelve al escenario del teatro mexicano esa obra compleja y única en su género de Héctor Azar: La Inmaculada. Imagen transformada por la visión de un poeta de un rincón provinciano, del estado de Puebla en el año 1936. Y aunque sólo se trate de un ambiente de provincia, el soplo poético del autor le impone un misterio, un secreto anímico transmitido por ese personaje central: La Inmaculada, que lleva en su nombre toda la fuerza expresiva de la obra.

Probablemente con el transcurso de los años, el lenguaje y las costumbres de esos pueblos grandes que son tantas ciudades pequeñas del interior de tantos países, cambian, y la pueblo-urbe que nos pinta Azar, oriundo él mismo de esa parte del mundo, se nos antoja que debe seguir igual, tal como se lo ha imaginado el escritor, con sus personajes nada realistas, más bien creados para el Anti-Teatro que para el folclore, y que sin embargo son de carne y hueso, y que una vez suprimidas las exageraciones imaginativas y del abultamiento literario, empiezan a imponerse en toda su enervante realidad.

Tipos, carácteres, como la Inmaculada, con su permanente ropa blanca de pies a cabeza, y con su perro inexistente, pero que vive en su nostálgica soledad. Desde luego, para un espíritu indiferente la perra Colombina, no existe, simplemente ha sido inventado por una mente malsana. ¿Pero es la Inmaculada realmente una enferma mental o simplemente una mujer que no halla los medios de satisfacer sus necesidades anímicas, sus sueños y su permanente aburrimiento? ¿Esta Inmaculada que nunca pudo gozar de las alegrías del matrimonio, porque su conyuge era un muñeco sin voluntad en las manos de una madre excesivamente posesiva, es una anormal, o una víctima de una sociedad sin ternura ni comprensión?

No pudimos dejar de alegrarnos a la vista de actores, que ya habíamos amado en los mismos papeles hace más de una década, como Gilberto Pérez Gallardo en el papel del doctor y cirujano del pueblo, Remigio, o como Eloisa Gottdiener, esposa del anterior, o como la propia Inmaculada, interpretada por la actriz ya muy popular en los papeles más cómicos, Martha Ofelia Galindo. Los tres no daban la impresión de haber cambiado mucho. Pero lo que sí me parecía cambiado —aunque, Héctor Azar, autor y director asegura que ni una palabra nueva fue agregada— es el primer cuadro, con su violinista,que desde luego puede muy bien pertenecer a un ambiente mexicano, pero que a mí me daba la impresión —no sé por qué— de haber sido inspirado por los violinistas chagalianos. Más, chagaliano u orozquiano, resultaba un músico digno de un cuadro.

La galería de personajes resultaba numerosa y contaba con las figuras que se encuentran en la vida de toda ciudad provinciana. No podía faltar la modistilla, Matilde, interpretada por otra conocida actriz, como Selma Beraud. Lo que en cambio nunca hemos visto es una modista que lleva permanentemente la cabeza vendada, como si fuera una herida de guerra. Otro personaje que no pudo faltar es el director de escuela, Luis Mercado en el papel de Abelardo, de quien cuenta la esposa —Pomposa— que le aplicó a su propio hijo una tanda de golpes de varillas de membrillo mientras el muchacho permanecía hincado de rodillas a la vista de todo el pueblo.

Pero los dos personajes que no pude olvidar en todos estos años, fueron Juan de Dios, la madre de Frambuesa, la adulta siempre niña, siempre vestida con ropa infantil del siglo XVIII, y no muy dueña de su mente ni de sus actos, a la cual persiguen varios invitados de esa reunión de gente respetables, persecución festejada por las esposas de esos dignos señores así como por toda la reunión. No recuerdo muy bien si Socorro de Campa y Pilar Ramírez eran las mismas intérpretes que hace diez años. Me imagino que no, porque las actuales actrices son muy jóvenes.

Director y autor, Héctor Azar supo darle a todas esas escenas el doble de episodios muy bien observados y muy conocidos y a la que de una destacada locura literaria.

Tampoco recuerdo si la escenografía de hace una década era la misma que actualmente, la que se debió al escenógrafo Alejandro Rangel Hidalgo, y aunque muy funcional, no era demasiado llamativa.

Para muchos, entre quienes me cuento, esta reposición de La Inmaculada resultaba una fiesta, una gran fiesta, ya que señalaba la vuelta del maestro Héctor Azar a la Universidad, al teatro Juan Ruiz de Alarcón en el Centro Cultural Universitario, después de una larga, larga ausencia.