Se alza el telón
Malkah Rabell
Empresario, ópera de Mozart en versión libre
Me sucede algo muy raro y que no entra en mis hábitos. Después de haber presenciado una versión libre de El empresario de Mozart, no sé por donde empezar mi nota. Lógicamente hay que empezar por el principio. ¿Pero, cuál es el principio? Desde luego, Mozart. Pero el programa de mano, debido al Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social, que ofreció este espectáculo en su precioso edificio, en su pequeño pero bonito y cómodo teatrillo, menciona tantos nombres que termina por marearnos. Por lo mismo me contentaré con citar la Camerópera de la ciudad, la principal responsable de esa representación, bajo la dirección musical del maestro Federico Ibarra; y bajo la dirección escénica del muy joven Luis Miguel Lombana, premiado apenas hace unos meses por la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro por su puesta en escena de una simpatiquísima obrita juvenil de autor nacional.
Y esa noche del 2 de junio, después de subir a pie los cuatro pisos del sindicato, un público muy numeroso que llenaba la sala, se aprestaba a escuchar la ópera basada en la de Wolfgang Amadeus Mozart. Pero antes de referirme al espectáculo, quiero mencionar una sugestiva introducción al programa de mano, firmado por Yves y Ada Remy, donde los autores tratan, de una manera muy inteligente, de darnos una imagen psicológica de ese niño prodigio que fue Amadeus, y genio que llegó a ser ya adulto: "¿Me quieres? —empiezan con una pregunta de Mozart sus dos introductores— ¿De verdad me quieres? No deja de preguntar toda su vida Mozart. Tanto en la cumbre de la gloria como en el abismo del olvido sus preocupaciones no cambiaron". Creo que con semejante pregunta los dos autores lograron desde el principio despertar la curiosidad de cualquier oyente o de cualquier lector. Tal vez algunos espectadores recuerden una comedia musical representada en el teatro Manolo Fábregas que nos ofreció a un Mozart niño que se echaba al cuello de cualquier mujer, hata la emperatriz austriaca. Era precisamente ese Amadeus Mozart que buscaba las raíces de su destino: ¿Me aman? ¿De verdad me aman? Ese niño a quien el padre llevaba por toda Europa como a un animal amaestrado, no podía ya creer en el amor de nadie. Tal vez el único que podría contestarle a semejante pregunta era el pastor Barth, quien decía: "Debe haber una relación directa y muy especial entre Dios y esta hombre (Mozart)".
...Sí, creo de verdad, que entre Mozart y Dios existía semejante relación, y sólo así se explica la obra y la personalidad de Mozart. Pero también existía la dualidad, el desastre en la vida de ese hombre, o como lo explican Yves y Ada Remy en su introducción: "La dualidad... no ha dejado de ser el destino de Mozart... acaparado por un bando u otro, y siempre medio destruido. Pues nadie vivió más el signo trágico de la dualidad que él. Nadie conoció mejor que él el triunfo y el fracaso, la adulación y el odio, la admiración y la burla. Y es que hubo dos Mozart siempre, uno el que tiranizó la gloria, otro al que persiguió la desgracia; uno u otro al que queremos y uno u otro al que debemos aprender a querer".
Nada de todos esos detalles se ofrecen en la versión libre de la ópera en un acto que han realizado con toda libertad algunos músicos, cantantes y directores de escena. Bajo el nombre de El inspector surgió una comedia muy alegre y fácil de asimilar que captó toda la atención del público. Un público sin exagerados conocimientos musicales, y aún menos conocimientos de las óperas serias.
El taller de la Camerópera de la ciudad, que puso en escena ese espectáculo de El empresario también tiene en su haber la realización de 92 óperas cuyo objetivo primordial, asegura el programa de mano, "es el de difundir su trabajo a todos los estudiantes de nuestro país". Ese mismo Camerópera recibió la medalla al Mérito Académico y otra en 1992 por su labor docente dentro de la UNAM
El argumento de esa divertida obrita, en manos de sus nuevos realizadores, trató de analizar, en evidenciar los problemas a los que se ve enfrentado un funcionario —evidentemente muy honesto— para poder realizar y llevar a cabo, a un buen fin, un programa cultural. En esa ópera de un nuevo tono, el funcionaro lleva el nombre de Escrúpulos, y aunque no cante, hace parte de las primeras figuras de ese conjunto de toda clase de gente, de seres multifacéticos que se reúnen en la oficina de Escrúpulos, con la misma finalidad de realizar una obra cultural, pero cada uno con determinadas finalidades. Y el funcionario tiene bastantes dificultades para escapar a la corrupción, a la compra que le ofrece cada uno que tiene cierta fortuna.
Muy bellas voces demuestran sobre todo tres actores: las dos figuras femeninas y un actor. Trino de Oro es una coqueta, presumida y mimada como una buena hija de ricos; en cambio la otra, Compañita de Plata, es una cantante profesional, ya madura, que conoce su profesión y sabe el valor de sus conocimientos. Trino de Oro, interpretada por Teresa Correa, y Campañita de Plata, interpretada por Antonieta Márquez, las dos junto con su compañero masculino, encantan al auditorio.
Es una excelente idea y un muy buen ensayo para acostumbrar a las óperas con comedias y piezas fáciles, a un auditorio poco preparado a un ejercicio cultural de esta índole.