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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

De película, espectáculo de Julio Castillo

Resulta especialmente difícil retener en la memoria los pormenores de un espectáculo de tres horas de duración. Sobre todo cuando la representación en cuestión ofrece una total falta de unidad. Y así después de haber presenciado hace ya varios años la primera puesta en escena de Julio Castillo de su famosa: De película, me encontré que ya no recordaba absolutamente nada de la obra.

Por fortuna, a medida que iban sucediéndose los primeros episodios en el escenario del Jimenez Rueda —donde se ofrecía la representación—, me iban volviendo a la memoria los diversos detalles. Pero, ¡oh, tristeza! lo primero que apareció en el foro y me resultó excesivamente familiar fue un "excusado" para damas, por donde desfilaban numerosas protagonistas, que en la obra representaban a las espectadoras de un cinema de barrio, donde exhibían la película que da título a esta representación.

A decir verdad, aunque la escenografía resultaba un poco más agradable que en el original, el desagrado de la vista de este "excusado", se repetía. Y yo me preguntaba: ¿para qué reproducir en un teatro lo que indudablemente es muy necesario en la vida cotidiana? Las escenas en semejante lugar, con sus señoras que bajaban y subían sus pantaletas, no agregaban absolutamente nada al valor de la puesta en escena. Las risotadas de un determinado público, solamente molestaban. Y si el director pensaba con ello subrayar algunos detalles, como la presencia de un joven homosexual que trae a su anciana madre a dicho lugar, tampoco era necesario. Con decirlo o darlo a entender bastaba. Y la ulterior escena, de un gran dramatismo, cuando el hijo levanta una pala para matar a la madre en un gesto de desesperación, y no cumple su deseo, se comprende perfectamente y conserva toda su dramaticidad.

Y así hay muchas escenas que son repetitivas y prolongan inútilmente el espectáculo, y obliga a esas horas excesivas, cuando con dos horas ante un telón alzado es más que suficiente. Aunque admito que durante esas tres horas permanecí sin moverme de mi asiento, sin sentirme cansada ni un solo momento. Lo que sin duda es debido a esa dinámica capacidad de Julio Castillo de dirigir una puesta en escena, a esa original capacidad tan suya de atraer la atención del espectador y mantenerlo atento todo el tiempo.

Pero también volvía a reproducirse la moda de aquellos años de entregar al director las riendas del espectáculo, lo que despertaba en el interesado sus instintos dictatoriales. Lo que tuvo como consecuencia que se llegó a ignorar al dramaturgo, basándose en las premisas de Antonin Artaud, quien consideraba la fidelidad al texto original como : "teatro de idiotas, de locos, de invertidos, de abarroteros, de anti-poetas y de positivistas". Hubo ciertos textos que pertenecían a Blanca Peña, pero no eran textos unificados por un pensamiento único, no se debían a una obra con una idea central que se imponía al conjunto. Hemos tenido muchos años de falta de dramaturgos, de ausencia de textos. Nos ha costado muchos esfuerzos para desembarazarnos de este embrujo. No volvamos nuevamente a ello.

Sin duda en esta De película hubo muchas escenas emotivas, bellas, muy bien realizadas tanto desde el punto de vista artístico como técnico. El director-autor supo con mucha agilidad entremezclar los elementos de la risa con la del llanto. Julio Castillo conocía la perfección su mundo, sus componentes y sus costumbres. Lo que tanto entusiasmaba al público era precisamente ese conocimiento que le daba constantemente la imagen de una vida que el mismo auditorio conocía a las mil maravillas.

Tal vez fue debido a la intervención de un texto de autor, el de Oscar Liera, que permitió a Julio Castillo llegar a la perfección en su último montaje: Las dulces compañías. Lamentablemente fue el último. Pero fue donde el director-autor prematuramente desaparecido entregó toda su capacidad creativa, con un sentido maravilloso de la medida, de la disciplina colectiva, con un respeto de la palabra extraordinario. Probablemente con el tiempo, Julio Castillo hubiese comprendido que se necesita tener respeto a la palabra escrita y al pensamiento del autor. Que no se trata de hacer lo que uno quiere y que el teatro es un arte colectivo, donde cada uno de los elementos tiene su lugar. Y el primero de esos lugares le corresponde al dramaturgo.

Pero no hay que olvidar que las dos décadas de la desatada prepotencia del "regisseur", del director de escena, no sólo era culpa de ellos, sino culpa de todos nosotros, que hemos presenciado el abuso de poder en silencio, que hemos permanecido pasivos ante ese extraño fenómeno, que nos venía de otros países, de mayor tradición teatral, como los países de Europa, apoyados por nombres y plumas famosos.