Resaltar búsqueda

 

 

Se Alza el Telón

Malkah Rabell

Caída en la montaña de Arthur Miller

Lo que más atraía en el anuncio de la puesta en escena de Caída en la montaña era el nombre del autor: Arthur Miller, a quien desde varios años no oíamos mencionar. Para quienes lo hemos amado mucho, nos hacían falta esas obras que reflejaban un país, una sociedad, la vida de un pueblo, el norteamericano, que Miller sabía pintar con tanta sabiduría. Pero, ¡oh! tristeza, del Arthur Miller que hemos amado, que el mismo director de escena, Rafael López Miarnau, nos presentó de una manera tan brillante hace 20 años con El precio, ya casi nada quedó. Se diría que es otro, un desconocido, o casi, que creó esa obra tan monótona y bastante tonta, con su historia de un hombre de mediana edad que se cayó en una montaña y se fracturó una pierna, o algo por el estilo, lo que le obliga a permanecer acostado y sufrir delirios o fantasías morbosas.

Desde luego, nadie envejece en vano, y es excesivamente difícil exigirle a un hombre nacido en 1917, es decir que ya pasó de los 75, que vuelva a escribr una obra como La muerte de un viajante o Todos son mis hijos, o tantas otras que lo colocaron al lado de Tennessee Williams, a la cabeza de los dramaturgos norteamericanos. Durante muchos años esos dos nombres, Miller y Williams, permanecían ligados uno al otro. Eran los dos más grandes creadores del teatro Yanqui, y las simpatías del público y de la crítica se dividían entre esas dos personalidades. A mí, Arthur Miller me parecía infinitamente superior al espíritu enfermizo de Williams, Pero hoy, fallecido este último, sólo nos que, da el autor que decía: "La vida tiene sentido... una obra debe tener un sentido para gente de sentido común... Los espectadores forman una especie de tribunal compuesto por gentes comunes", a quienes sometemos los problemas que se hallan en "el aire". (El Nuevo Teatro Norteamericano). Autor de quien la crítica esperaba una tragedia verdaderamente americana, sólo nos dio en esta Caída en la montaña Morgan una obra sin verdadero sentido trágico, ni clásico ni moderno, ni tampoco una pieza de profundidad psicológica. Ni siquiera sabemos muy bien que trató de decirnos este dramaturgo que siempre nos decía "algo".

Pero Miller sigue siendo optimista. En esta extraña obra, donde el drama consiste en la bigamia del protagonista, quien ama a las dos esposas, sin tener el valor de liberarse de una de ellas, el autor termina asegurando que en realidad nadie es culpable. Lo que a lo mejor es cierto. Quizá las religiones que admiten varias esposas eran... o son... mucho más civilizadas que nosotros.

En el teatro Julio Prieto (antigua sala Xola) Ricardo Blume, el conocido actor peruano, después de una prolongada ausencia, volvió a México, para interpretar desde su primera aparición escénica, a Lyman (¿por qué tanta semejanza con Willie Loman, el personaje de La muerte de un viajante?), el personaje central de la obra, en realidad el único protagonista importante del drama, en el cual Blume sigue siendo un excelente intérprete, y hasta puede insuflarle vida a una figura muy descabellada y estrambótica. En cuanto al resto del reparto, se olvidan enseguida, hasta María Rubio, como Theo, una de las dos esposas de Lyman, pasa desapercibida. Y pasa igual con intérpretes como Nilda Méndez, Raúl Valerio, Gaby Coppola y Cinthia Klito, así como José Mario Negri, todos actores nuevos.

En cambio llama la atención lo caótico del escenario. No entendemos por qué encima de la cama del enfermo, de Lyman, hay otro piso con un amontonamiento de objetos y hasta de decoraciones. Tal vez trató de demostrar el director de escena que el mismo caos existe en la mente del herido.

La dirección de Rafael López Miarnau se empeñó en establecer un poco de claridad en este enrevesado texto. No siempre con éxito. No podemos olvidar ni dejar de pensar en aquella otra puesta en escena de una obra de Miller El precio, realizada igualmente por Miarnau, donde tres excelentes actores del teatro nacional entregaban lo mejor de sí mismo, y todo México corría a ver la representación.

Y a decir verdad ese domingo, hace dos semanas, cuando fui a ver Caída en la montaña, salí con mucha tristeza. El Arthur Miller que yo amaba había desaparecido, tal vez para siempre.