Se Alza el Telón
Malkah Rabell
La Bernhard y la Duse reunidas en una alegre comedia
Dos de las más famosas figuras del teatro universal, la francesa Sarah Bernhard y la italiana Leonora Duse, han sido reunidas en una alegre comedia por una comediógrafa bastante ignorada en nuestro ambiente, Lilian Garret-Croag, no sé sí estaduniderise o inglesa. Y esas dos inmensas personalidades escénicas bastante trágicas en sus vidas privadas— hacen reír durante más de una hora en el teatro San Jerónimo, interpretadas por dos excelentes actrices, Susana Alexander y Angélica Aragón, en un di-vertimiento que usa mucho la parodia: Las dos camelias. Esas dos camelias, eran más bien dos maravillosas flores de distintas especies. La brillante Sarah, que perdió una pierna al final de su vida, y que en sus últimas obras nunca permanecía de pie en el escenario, actuaba sentada, o acostada, o bien llevada de un lado al otro del escenario en una silla portátil, como una reina de épocas idas, siempre como una triunfadora, nunca como una víctima. Así, un drama donde permaneció durante dos actos acostada, en un papel masculino de anciano enfermo, fue Daniel, escrita especialmente para ella por el marido de su nieta, Louis Verneuil. A su vez como medio de transporte le servía la silla portátil en las tragedias racinianas. Era la actriz que descubrió desde sus inicios la importancia de la publicidad. Las extravagancias de Sarah, como dormir en un atáud, vestirse de hombre y tantas otras, resultaban siempre curiosidades para su público. Cuando Sarah paseaba sobre el dorso de una ballena, como por azar se encontraba en su vecindad un dibujante que la disecó en esa posición, y ese dibujo apareció en toda la prensa. Cuando Sarah subió en un globo, como por azar, el globo se desató y voló por todo París. Hasta de su origen supo hacer un elemento de curiosidad para el público. Nunca se supo con toda claridad si Sarah era francesa, holandesa, argelina o israelita, aunque un acta de nacimiento establecía su lugar de nacimiento en París, en 1844, hija de Julia Van Hard, holandesa, soltera, y de Eduardo Bernhard, francés, estudiante de leyes, quien reconoció a la niña nacida de sus amores con la modistilla inmigrada. Asimismo un acta de bautismo afirmaba su pertenencia a la Iglesia católica.
Muy distinta resultaba tanto la personalidad como el destino de la italiana Leonora Duse, a quien los estadunidenses llamaban: "la estrella de paso". Hija de actores, esa muchachita flaca, pálida y triste, llevaba el apellido de una familia de intérpretes desde varias generaciones... Pero sólo el abuelo, Luigi Duse, logró la fama. El padre volvió al anonimato y a la vida trashumana de los actores pobres, con una esposa callada, valiente, que murió joven de tuberculosis. Y Leonora heredó de esa madre su silencio, su capacidad de sacrificio y su enfermedad.
Se decía que Leonora Duse sufría de la "smara", aquella enfermedad veneciana del alma que flota por la sangre como la niebla nocturna sobre los canales y hace la vida entera desasosegada e inquieta. Sin embargo, luchando toda su vida contra su enfermedad y su pobreza, la gran Duse, como la llamaba la prensa y el público, logró imponerse no sólo a su Italia natal, sino al mundo entero. Y murió en Nueva York, durante una temporada de actuación. Tenía 65 años.
A esas dos personalidades tan distintas, Susana Alexander como Sarah, y Angélica Aragón, como Leonora, han dado vida en una comedia muy divertida, muy alegre, donde la autora rodea a sus dos heroínas de protagonistas de la época, desde la Rejane, en sus inicios, antes de que se transformara en la famosa Rejane intérprete de la Madame sans Gene, acompañada de Alejandro Dumas hijo, el autor de la novel, transformada luego en una obra de teatro: La dama de las camelias que hizo La gloria tanto de la vida francesa como de la "estrella de paso". Y Lilian Garrete-Groac, eligió precisamente un episodio teatral que enfrentó a las dos actrices en una situación bastante desagradable durante una temporada de actuación en París de la intérprete italiana, que la comediógrafa suavizó hasta donde se pudo.
En esa temporada realizada en París la Duse no encontraba un teatro libre, y su rival, Sarah Bernhard tuvo la generosidad de prestarle el suyo, que llevaba en aquella época el nombre de "Teatro Renaissance" que hoy se llama "Teatro Sarah Bernhard". No sé muy bien cual fue el repertorio en su totalidad de la Duse (probablemente no dejó de representar algunas obra de Gabriel D'Annunzio). Pero la actriz no pudo escapar al deseo de interpretar ante su rival artística el papel que también ella inmortalizó: la Dama de las camelias, pero de una manera muy distinta de la diva francesa. Y también fue distinto el público que la aclamó con un entusiasmo loco. La Duse fascinaba a un público estudiantil que buscaba renovar y modernizar al teatro universal. Este público llenaba las galerías del Renaissance y no se cansaba de ovacionar a esa renovadora que actuaba sin maquillaje y trataba de no ser una diva, sino un ser humano.
Susana Alexander creó un personaje extravagente, llamativo, espectacular, una Sarah Bernhard en su época más brillante. Y aunque estamos acostumbrados de ver a la Alexander en papeles dramáticos, y hasta trágicos, no dejó de encantarnos en su interpretación de una comicidad despampanante, como una Sarah Bernhard extrambótica, con sus grandes ojos muy abiertos, como buscando algo nuevo, olvidado y amado, con su gracia y su voz clara y sonora, que no dejaba perderse una sola palabra, Una Sarah Bernhard que ya siempre veremos con el rostro y con la voz de Susana Alexander.
En cuanto a Angélica Aragón, tal vez fue demasiado bella. Se hacía difícil creer que esta actriz resplandeciente de juventud y de buena salud, puede ser una tuberculosa crónica, abandonada por un hombre como Gabriel D'Annunzio. Mas, no debemos olvidar que Bernard Shaw escribió; "A la Duse le basta estar cinco minutos en el escenario y le lleva medio siglo de ventaja a la mujer más hermosa del mundo"...
Y así nos encantó todo el reparto. Roland de Castro como Alejandro Dumas, hijo. Leonard Daniel, como un actor de la época, y sobre todo ese gran actor y gran director de escena que es Roberto D'Amico, con una vena cómica despampanante. Y hasta en escena apareció un Cyrano de Bergerac, en realidad ajeno a la obra, pero que le dio vida al personaje de Edmundo Rostand, con un temperamento digno del hombre de la nariz más larga del teatro francés. La autora ni siquiera se olvidó del traspunte de aquellos años, que interpretó el actor mexicano César Balcázar.
Creo que me hubiera gustado alguna vez presenciar un cambio de personajes de Las dos camelias: Una Susana Alexander como la Duse, y la Angélica Aragón como Sarah Bernard. ¿Puede ser posible? ¡Sería interesante!