Se Alza el Telón
Malkah Rabell
Sabina Berman y su Entre Villa y una mujer desnuda
A veces me gusta más leer el "Teatro en letras de molde" de Sabina Berman que verlo representado en el escenario. El teatro editado siempre nos resulta más claro, más comprensivo que la rapida verborrea de los personajes escénicos. Y el teatro de Sabina Berman siempre necesita unas explicaciones bastante amplias. ¿Qué trata de decirnos la autora con su Entre Villa y una mujer desnuda?. Título bastante absurdo para recordar el movimiento escénico del mismo nombre: teatro del Absurdo, que también se llamó en su tiempo "anti-teatro".
Debo admitir honestamente que la obra de Sabina no me gustó. Creo que ya tengo demasiada edad para gozar de las letras y de las artes especialmente creadas para los gustos de la nueva generación. Sin embargo me doy perfectamente cuenta de los valores de esa "comedia", si puede llamársela así. Creo que está realizada con mucha más profundidad de la que hace gala en la superficie. Se me hace que la obra o es la copia modernizada del anti-teatro, o bien es su continuación. Tal vez Sabina tuvo la ambición de revivir aquel movimiento escénico que ocupó los teatros del mundo entero durante dos largas décadas: del cincuenta al setenta, más o menos.
Mas, si bien la autora se apoyó en un género ya existente, tuvo la inteligencia y la habilidad de aportar a su construcción todos los elementos de moda y de necesidad de nuestro mundo contemporáneo. En primer término tomó las dos fuerzas motrices de nuestra actual civilización la violencia y el sexo (y dejó un poco de lado de la técnica). Y los dejó caminar con la imprescindible ayuda de todas las demás manifestaciones al alcance sobre todo de la juventud: el lenguaje, las actitudes, las manías, sus pasiones y odios, y su fe, o falta de fe en todo ello. Como símbolo de la violencia, que hasta la usa para el desahogo de su erótica, recurrió a un personaje tan famoso como Pancho Villa. Y frente a ese símbolo colocó otro, reminiscencia de toda una generación, el sexo, o una mujer desnuda, que en realidad casi nunca se desnuda. No sé si este empleo de la vestimenta se debe al pudor de la actriz, Diana Bracho (excelente), o a las intenciones misteriosas de la autora y directriz de escena. Porque esa mujer desnuda en el fondo resulta la más pudorosa buscadora de un amor mucho más profundo, más intelectual y sensitivo que el simple deseo, que la sencilla sensualidad.
¿Y el hombre? el que tantas historias hacía acerca de las necesidades eróticas, no solamente tenía una esposa, lo que hacía su vida doble, sino que compartía su lecho con una serie de mujeres. Ya puede el espectador deducir de este juego humano entre la pareja, que el estupendo humorismo de la dramaturga no es tan vano y superficial como parece a la mirada rápida de muchos espectadores.
Y ahora la pregunta: ¿Qué hacía tanto reír y tanto divertirse al público? Me recordaba aquella lejana velada cuando asistí al montaje de La cantante calva realizado por Gurrola con la obra de lonesco, y la gente se reía todo el tiempo sin comprender muy bien lo que sucedía en el escenario. Y seguramente, el primer extraño de tanta alegría de los espectadores resultaba lonesco, que estaba convencido de haber escrito una tragedia. Yo no creo que Sabina Berman cayera en igual error. Ella sabía muy bien que su obra parece una comedia. Pero tal vez en el fondo la que lloraba era la propia comediógrafa. La que además de escritora es psicoanalista y no le faltan los máximos conocimientos de la psicología humana.
Mas tal vez lo mejor de la representación, tal vez la auténtica razón de tanta diversión popular, se debía a la excelente dirección de la propia Sabina Berman, que trabajó en medio de una muy funcional escenografía, en el teatro Helénico, escenografía debida a Carlos Trejo, y contó con un excelente reparto, la mayoría de origen universitario. Diana Bracho parecía la propia encarnación de una juventud muy especial —tal vez la universitaria—que usaba su propio idioma, sus propias actitudes, su propia vida. Juan Carlos Colombo, simbolizó a muchos hombres de nuestra época, que idealizan el cuerpo y creen que sólo se vive para gozar Aunque no era tan joven como Diana Bracho, daba la impresión de hablar en nombre de la nueva generación. Igualmente exelente resultaba Jesús Ochoa, en el papel de Pancho Villa. Aunque nadie del reparto pudo igualar a Diana Bracho, no obstante todos dieron lo mejor de sí mismo, con mucha disciplina y profesionalismo. Hasta las luces funcionaron con especial perfección bajo el manejo de Abram Oceransky.
Cuando a gente de mi edad no se quita el desajuste de los primeros momentos, nos volvemos mucho más tolerantes, y hasta nos empieza a gustar esa compleja imaginación de Sabina Berman, que sabe ver nuestra realidad con ojos tal vez mucho más críticos y profundos que los nuestros.