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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

Una tragedia prehispánica de Juan Tovar: Las adoraciones

De los tres dramas nacionales de Juan Tovar que aparecieron en un solo volumen hace ya varios años, el único que no fue presentado en un escenario, es el tercero: la tragedia del infortunado don Carlos Mendoza cacique de Texcoco, hijo de familias reales indígenas, ahijado de Hernán Cortés, criado en una cultura y educado en otra, lo que le llevó a ese trágico callejón sin salida de buscar en vano sus raíces, y terminar su joven vida en la hoguera de la "Santa" Inquisición. Sin embargo, quien lo condenó a ese terrible final, Fray Juan de Zumárraga no fue alabado por sus superiores por sus excesos de fervor religioso, y en 1540, el inquisidor general de España despachaba una carta (según reproduce el programa de mano), "reprendiendo al ilustre señor Zumarraga por haber hecho proceso contra un indio por idolatra y haberle sentenciado a muerte, quemándolo". Lo que prueba que el inquisidor general de España era más inteligente y tenía un sentido político infinitamente superior al de su ilustrísimo colega de ultra-mar. Y si no me equivoco en la misma España llegó a prohibirse las condenas de pena capital a los indios por razones de fe.

De las tres obras nacionales, escritas por Juan Tovar, la tragedia de esa alma compleja, y en cierto modo insegura en la elección del camino a seguir, la tragedia de don Carlos, de su verdadero nombre, Ometochtzin, nombre que nunca quiso suprimir ni ignorar, es la que más apasiona al espectador de las más diversas tendencias. Yen esta segunda version, en la cual su autor ha suprimido —o casi— el parentesco entre su protagonista y el de Shakespeare, el nórdico Hamlet destrozado por la locura tanto en el amor como en el odio. Y actualmente ese personaje es tan solo mexicano. Lo que tiene sus ventajas y desventajas.

Se ve más natural toda su personalidad sicológica; en cambio le llega a faltar carne dramática. Pero nos alcanza más rápidamente su mexicanidad fiel a sus raíces, a sus antepasados y a su propia alma.

El director, Ludwik Margules, que ya llevó a la pantalla el drama del mismo autor: La madrugada acerca de Pancho Villa, logró en la presente puesta en escena tal vez su mejor creación teatral. Con mucha finura y gran sobriedad, ha rodeado toda la obra de una atmósfera real, pero sin jamás caer en el realismo. Es la fe cristiana que impone su sello. Las cruces y los latigazos hablan su propio idioma, aunque la grandiosidad de la pira-mide parece sobreponerseles. Abajo, la fe y el auto-castigo, con su espionaje de las almas y de la conducta humana impuesta por la inquisición; arriba, la inquisición con su constante castigo, con su miedo impuesto a toda la vida humana. Y en semejante atmósfera de terror. Ometochtzin trata de permanecer fiel a su origen indio, no deja de ser indio y embriaga su imaginación con las pasadas glorias, visiones de dioses desaparecidos y con verdades igualmente desaparecidas. ¿Es fuerza quedarse apegado al pasado, o es debilidad? Sea como sea, le cuesta la vida.

En el papel de don Carlos Mendoza, Ometochtzin, el joven actor Damián Alcázar, se mantuvo muy disciplinado al carácter del protagonista, pero le faltaba temperamento dramático, y también dicción más clara y sonora, para expresar toda la tragedia de esa alma destrozada entre varias divinidades y dos mundos opuestos.

En cambio fue esplendido Guillermo Gil en el papel de Fray Juan Zumárraga, con su voz potente y con su presencia que se imponía a pesar del odio que provocaba su conducta. También los dos frailes que lo acompañaban, Fray Bernardino de Sahagún interpretado por Gerardo Moscoso, y David Aguirre como Alonso de Molina cumplieron con su tarea con toda corrección.

Otro actor esplendido fue, desde luego, Patricio Castillo, en dos personajes tan opuestos como ese Yoyontzin, especie de demonio o tal vez angel cínico, o tal vez espíritu burlón, y don Hernando Cortés.

En general puede decirse que todo el conjunto, todo el reparto respondió positivamente a los esfuerzos del director y el espectáculo demostraba disciplina y entrega. Un espectáculo valioso que realzaba una producción de Carlos Trejo cuya escenografía abarcaba toda la sala y empezaba en las escaleras que llevaban al tribunal de la inquisición y terminaban en las cruces que parecían crecer en el ovalado escenario montado de manera original en medio de la sala.

Una representación que vale la pena ser vista y aplaudida, y que se lleva a cabo en la sala del Teatro de la Paz, bajo los auspicios de la Universidad Autónoma Metroplitana.