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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

El drama de las premiaciones

Una personalidad muy importante de nuestro mundillo teatral en México, aunque multipremiado personalmente, se me quejó amargamente de no entender el sistema del cual se valen los jurados para otorgar premios. ¿De qué punto de vista parten? ¿El jurado toma en consideración el curriculum, la ficha biográfica, del camino artístico que ha transcurrido el candidato? ¿Cómo es posible que un actor que toda su vida ha tratado de realizar teatro de calidad, que es capaz de interpretar personajes de todo género no sea tomado en consideración, en cambio a un comediante que siempre fue pésimo, se le da un trofeo porque ha sido un poco mejor en un papel que en otro. A decir verdad, tampoco yo lo entiendo. Al reflexionar me resultan casos inexplicables. Pero el problema de los premios va mucho más lejos que unos cuantos determinados casos, y tienen raíces más hondas y dolorosas.

Si me preguntan la razón de mi disgusto por tal o cual selección. A menudo no soy capaz de dar una respuesta lógica. Y no obstante sé que si nos dedicamos a una profundización mayor, todos y cada uno de nuestros premios se pueden prestar a discusiones. ¿Por qué fulano y mengano? ¿Por qué este actor, o este escenógrafo, o tal director, o ese otro dramaturgo, y tales otros no? Tal como me lo preguntó la personalidad que mencioné en un principio, también yo pregunto: ¿Cuál es el sistema que aplicamos? ¿Tomamos en consideración la vía artística que el premiado ha seguido toda la vida? ¿Preguntamos si se trata de un azar o de un talento permanente?Hace unos días estuve presenciando una obra de teatro cuyo espectáculo me pareció detestable, cuyos actores se me hacían pésimos y faltos de todo profesionalismo. A mi lado estaba sentado un veterano de cien batallas teatrales, miembro de nuestra misma organización de críticos, y a él se le hacía la representación y todos los intérpretes magníficos. ¿Quién tenía la razón? ¿Existe alguna manera de controlar las diversas opiniones?

Asimismo, si empezamos a desmenuzar las premiaciones en otros campos, no sólo en nuestro país sino en cualquier lugar del orbe, hasta cuando se trata de premiaciones de tanta importancia como el Nobel, o el Goncourt, o el Femina, todos ellos despiertan controversias. Los Nobel en el campo científico nos parecen indiscutibles, porque desconocemos la materia en la cual somos legos. Cuando se trata de un Premio de la Paz, ya el punto de vista cambia. Así como de "poeta y de loco todo el mundo tiene un poco", cuando se trata de política todo el mundo se considera perfectamente idóneo, enterado y muy inteligente. Ah, pero cuando el galardón corresponde a un novelista, a un escritor, ya no hay límites para la diversificación de opiniones. A los pobres jurados se les trata desde imbéciles hasta "vendidos", o movidos por razones políticas o económicas que nada tienen de común con el arte. Y sin embargo lo más probable es que se trate de gente honesta y decente, así como preparada en el campo literario. Su falla, su debilidad reside en que en un mundo donde hay miles, y hasta millones de escritores han de elegir a uno solo, precisamente a uno que tenga virtudes superiores a las de sus colegas. Y además de que su elección sea útil a su país, a su partido, o quién sabe a quién más, tal vez hasta a una editorial que lo acaba se traducir al sueco, o al revés que ha traducido del sueco a otro idioma a un escritor sueco o noruego. ¿Cómo elegir? ¿A uno muy conocido, a uno muy famoso? ¿Para qué le hace falta el premio? y es capaz de repetir el gesto de Jean Paul Sartre, y rechazarlo. ¿A uno que aún no logró conquistar el reconocimiento mundial, o ni siquiera el de su propio país? Entonces, ¿Quién puede asegurar su futuro camino en la literatura? ¿Cuántos premios Nobel, o premios Goncourt han desaparecido de la escena mundial, pese a su premio? Todos los candidatos pueden ser opacados por alguna figura más brillante. No existe ningún aparato para medir sus valores.

Tan sólo recuerdo unas muy escasas circunstancias cuando me pareció que un artista mereció el galardón sin la menor duda, por la mejor realización del año en el campo del teatro. Tal fue el caso de Aarón Hernán cuando interpretó El juicio de Vicente Leñero. Dio la mala suerte que en aquel año, 1972, la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro se había disuelto y dejó de funcionar algún tiempo. Un año más tarde, Aarón Hernán recibía el premio como el mejor actor del años por Los hijos de Sánchez, en cierto modo como compensación por su intervención en El juicio.

Pero también hay casos cuando las personalidades galardonadas por puro azar, dan la inmensa sorpresa de resultar genios. Como resultó el caso de Marcel Proust. El premio Goncourt que le otorgaron en 1919 ,fue ganado en una de las más reñidas luchas en el campo literario. Novelista aún casi desconocido por aquellos años, producto de salones y casas ricas, presentaba la deficiencia de nunca haber pisado los campos de batalla de aquella monstruosa guerra primera que apenas tocaba a su fin. En tanto que su rival, Dorgeles, volvía del frente apenas dado de baja, y con una novela debajo del brazo: Cruces de Madera, escrita en pleno combate como testigo y como combatiente. El libro fue un best-seller aunque el Premio Goncourt lo ganó Marcel Proust, más que nada debido a la campaña que lanzó en su favor León Daudet, uno de los líderes de la Derecha e hijo del gran escritor de la Escuela Naturalista, Alfonso Daudet.

Hoy, Dorgeles está completamente olvidado, en cambio el autor de A la sombra de las Muchachas en Flor Marcel Proust pasó al rango de los clásicos.

Pero permanece actúal la pregunta: ¿Qué pasa con los premios? ¿Son los premiados que no sirven o es el sistema de premiaciones que ha envejecido y ya no sirve?

l.