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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

Ofelia Guilmáin, en Una curiosa dama

Nadie duda de que Ofelia Guilmáin sea una excelente actriz, a menudo una gran intérprete, tanto en el clIfama como en la comedia. La duda nos viene más bien ante la obra Una curiosa dama de John Patrick, el mismo que escribió La tía Mame (según parece, porque el apellido del autor de La curiosa dama estaba impreso en el programa de mano en letra tan, tan pequeña, casi ilegible, que no lo podía leer ni con una lupa). Sea o no sea el autor de La tía Mame, me parece que en ambas obras hay unos hilos psicológicos que se mueven en la misma dirección. En la anterior, el joven protagonista se echa en brazos de su tía en el fondo, para escapar a una madre. Y para hacer esta escapada más realista, el autor presenta al protagonista como huérfano. Igualmente en Una curiosa dama, el autor para excusar las locuras egoístas de la "señora. Savage" (¿o Sauvage?), que les quita su herencia a sus propios hijos, con el pretexto de que desea crear una institución a nombre de su esposo muerto, transforma esos hijos en huérfanos de madre, siendo la señora. Savage la segunda esposa de su marido. Es decir que recurre a ese viejo truco de los antiguos escritores de cuentos infantiles, quienes como temían tocar la corona de la "santa” madre, la transformaban en madrastra. Que el lector me perdone si todos esos inventos no son más que desvaríos. Pero también a un pobre crítico deben permitírsele ciertas fantasías para divertirse con ellas.

Pues el autor de Una curiosa dama tuvo una idea original. Colocó toda la obra en un manicomio. Lo que da lugar a unas situaciones bastante raras. Por lo general los comediógrafos se contentan con un solo demente, como el Conejo Harvey. El autor de Una curiosa dama buscó todo un establecimiento de locos. Y desde luego ello provoca mucha risa. Porque el ser humano de lo que más se ríe es de las desgracias ajenas. No obstante, me parece que las risas del público no eran muy ruidosas ni muy explosivas. Más bien me parecían de tono menor, al cual yo también me agregaba de tanto en tanto.

Como la señora. Savage, Ofelia Guilmáin resultaba encantadora, y ponía al servicio del personaje ese su especial don de entrecruzar risa con alguna que otra lágrima sin caer jamás en exageraciones. De toda su familia que la acompañaba en los diversos personajes de la comedia, personajes bastante numerosos, hasta el productor era un consanguíneo, su propio hijo, Juan Ferrara. Y desde el punto de vista de su interpretación, la que más me llamó la atención fue Lucy Guilmáin, una protagonista muy antipática, pero de una elegancia poco común, una verdadera figura de modelo. Creo que es actualmente la más elegante actriz de nuestro mundo artístico. En cuanto a los demás se me hace muy difícil distinguirlos por los nombres y temo demasiado equivocarme, por lo mismo me voy a contentar a decir que casi todos se entregaron a sus papeles con mucho entusiasmo. Al único a quien puedo distinguir con toda claridad del resto del reparto fue Josefo Rodríguez, como el doctor Emet, muy simpático en su papel de galeno humano y comprensivo. Esther Guilmain como la loquita Farry-May, se me hace todavía algo verde como actriz, aunque hizo muchos esfuerzos para ayudar al papel.

La puesta en escena parece carecer de director, ya que ningún miembro de la compañía se encuentra señalado como tal. A lo que tal vez se debe cierta lentitud en el ritmo de la representación. Un ritmo algo más dinámico, más rápido le vendría muy bien a toda la puesta en escena. Tampoco se halla nombrado en el programa de mano ningún escenógrafo. Pero su carencia está a la vista.

En cuanto al teatro Chopin, que todos esos años pasados permaneció ignorado —lo que no se explica en un ambiente tan desesperadamente en busca de salas— se trata de un auditorio de lo más agradable y cálido. Además de encontrarse en un sitio perfecto para el público mayoritario. Este público que llenaba la sala el día domingo cuando asistí a la representación, parecía muy a gusto, por igual que el reparto en el escenario.