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Se alza el telón

 

Malkah Rabell

¿Qué pasó con el teatro en México... en 1992?

Para saber lo que sucede con el teatro en México, para emitir una opinión razonablemente sensata, haría falta apoyar las premisas en alguna investigación previa, en estadísticas que abarquen el número de espectáculos anuales, el número de espectadores que concurren al teatro en México ya sea en el último año, ya sea en los últimos diez años, y sobre todo haría falta establecer, por medio de encuestas o sondeos: a qué clase social pertenece nuestro público, qué clase social acude al teatros frívolo y cuál al teatro serio. Todas estas estadísticas no las poseemos y las únicas instituciones capaces de llevarlas a cabo serían la Universidad y tal vez la ANDA o el CITRU. Por lo mismo, cualquier opinión que pudiera emitir es basándome en suposiciones, en presunciones adquiridad a ojo de buen cubero, que nunca son muy profundas, ni tampoco muy valiosas.

Personalmente me gustaría enfrentar el problema del público en México. Como crítica, el espectador me resulta más cercano que a cualquier otro elemento ligado al teatro, porque mientras el actor, el director, y hasta el autor se hallan del otro lado de la barrera que presuponen las candilejas, el crítico se encuentra al lado y del Lado del espectador, es él mismo un espectador. Decía Jean Villar el famoso actor y director de escena francés, que una función empieza desde el momento cuando el espectador compra la entrada en la taquilla. Pues empecemos por el público. ¿Qué pasa con el público en México?

En los últimos 40 ó tal vez cincuenta años, la capital ha crecido de un millón y medio de habitantes a veinte millones. Hace unas décadas en aquel México de un millón y medio de habitantes, en aquel México casi provinciano, mejor dicho casi colonial, no existían más que tres o cinco teatro donde actuaban compañías más o menos permanentes. Dos eran revistas: el Follies y el Lírico, y comedia la compañía de las Hermanitas Blanch. Además existían las salas Arbeu y Virginia Fábregas que sólo temporalmente se hallaban ocupadas por compañías más o menos serias.

En la actualidad hemos llegado al hecho extraordinario de ignorar el número de teatros que funcionan en el D.F. Algunos periódicos anuncian veinticinco representaciones, otro anuncia 60. Pero el número oficial, probablemente debido a la Hacienda es de ochenta salas teatrales, o por lo menos son lugares donde se ofrecen funciones teatrales. ¡Ochenta representaciones en una sola noche! Lo que es imposible de visitar para un crítico normal, dueño de sus piernas, si no de un automovil, ni siquiera en una semana. Haría falta a cualquier diario una docena de periodistas dedicados a tal tarea. Lo que indudablemente es imposible de lograr.

Pero he aquí que nuestro sueño de conseguir un gran movimiento teatral en México, se nos va transformando en amargura. Hay un dicho popular entre algunos pueblos que asegura: "Todo lo excesivo es enfermizo". Y nadie es tan lógico como un dicho popular. En la época cuando México sólo tenía una docena de salas teatrales, que ofrecían igual número de representaciones, cuando una puesta en escena gustaba, en un tris, el Tout Mexique" se enteraba y no dejaba de llenar la sala todos los días de la semana, hasta llegar la compañía al inmenso número de 100 funciones. Hoy, cuando un espectador ingenuamente me pregunta: "qué me recomienda de ver?", me quedo asustada ante la obligación de la simple honestidad que me sugiere admitir, que no lo sé...

Pues, desde hace un año no logró asistir ni a la mitad de los espectáculos que se representan. Un compañero me dijo con mucho orgullo, "¿sabes cuántos títulos hay en la cartelera?... Pues 110". ¡Maravilloso o espantoso! Porque para ese número de títulos no hay bastantes salas, ni suficientes buenos actores, ni directores ni productores, y en especial no hay suficiente público. Y la mayoría de las compañías, o de los grupos, han decidido compartir sus salas con sus colegas de profesión. Lo que en realidad es otro golpe dado a la asistencia del auditorio. Porque si el espectador antes de dirigirse a un teatro ha de buscar previamente cual es el grupo y cuál la obra que se presenta esa noche, termina por quedarse en casa. Es menester hacer, al espectador, la visita al teatro lo más fácil posible, y lo más atrayente.

¿Y por qué esta avalancha increíble de movimiento teatral? Todavía nadie ha sido capaz de darme la razón. Muchos dirán que en una ciudad que cuenta con 20 millones de habitantes, unos ochenta teatros no es un número excesivo. Sin embargo es necesario tomar en consideración que de esos 20 millones tal vez sólo asisten a los espectáculos teatrales, unos dos millones; ya por razones económicas, ya por razones de exclusividad clasista la gran mayoría elude el teatro. Unos por demasiado pobres, y otros por demasiado ricos.

Como no encuentro ni en libros ni en periódicos la respuesta al misterio de tanto movimiento teatral, voy a recurrir a mis propias respuestas. Creo que tiene mucho que ver con la crisis, con el desempleo y con la falta de dinero. Así como en el D.F. empezaron a multiplicarse, como hongos después de la lluvia, los vendedores ambulantes, con sus mesitas cargadas de las más variadas mercancías, en los diferentes rumbos de la capital, las mismas razones deben haber influido en la aparición de tantos actores, directores, productores y hasta dramaturgos, que con anterioridad no tenían nada en común con el mundo de la farandula. Se me antoja que muchos desocupados al encontrarse sin empleo y con algunos pesos sobrantes que les dejó el pago del despido, se acordaron, de repente, de algunos espectáculos infantiles o juveniles que en su lejano pasado han realizado con sus amigos. Y vueltos a reunirse con esos amigos tal vez ya olvidados, decidieron buscar un techo y unos tablados para realizar el antiguo sueño y tal vez hasta volverse ricos. Desde luego, lo único que logran es perder sus ahorros, pero no pierden la esperanza de triunfar. Y este sueño nace también en las mentes de los vendedores ambulantes. Con la diferencia que resulta mucho más fácil vender un paraguas cuando llueve que un diálogo escénico cuando se tiene hambre.

Pero, donde buscar un lugar para representar, donde encontrar un techo y un tablado. Entonces se recurrió a los más inverosímiles sitios, desde una cervecería hasta una habitación de pensión de familia; desde una librería hasta una casa particular.

Desde luego, también mucho de los teatristas se deben a la multiplicación de los maestros particulares y de las escuelas profesionales. Tanto los maestros como las escuelas se deben a los actores

ya maduros para el escenario, que han de buscar su pan cotidiano, en la enseñanza del oficio a los jovenes que recién llegan.

Y es de imaginar que no he logrado ver ni la mitad de esa cantidad de representaciones que se han ofrecido en 1992, de las cuales la mayor parte eran reposiciones. ¿Qué fue lo mejor del año? Difícil respuesta. He visto una obra esplendida: El jefe máximo presentada en el CUT, pero no pertenece al 92, sino al pasado, a 1991.

Otra obra igualmente esplendida, como Alerta en misa es una reposición. En cambio algunas obras y su representación son interesantes y pertenecen a realizadores extremadamente jóvenes, como Crimen imprudencial basado en un cuento de Arturo Amaro y realizado por un grupo casi infantil, aunque se denomina: Los hombres subterráneos. Otra obra de una extraña perfección en su dirección debido a un muy joven elemento: Martin Acosta, lleva el extraño nombre de: La secreta obscenidad de cada día, un drama chileno.

Citemos algunas otras representaciones, como El padre de Augusto Strinberg, con un actor desconocido en el papel central, Héctor Tellez, de quien sospecho que ya hizo sus armas en el mismo papel en otro rumbo y bajo otras ordenes, había demasiada disciplina y "savoir faire" en ese poco conocido intérprete que no se debía tan sólo al director de ese drama: Salvador Flores. En cuando a Strinberg no hace falta habló de su conocida genialidad.

¡Que viva Cristo Rey!, de un joven autor nacional, Jaime Chabaud, enfrenta un tema muy doloroso de nuestra historia contemporánea: la de los Cristeros. El texto de Chabaud es indudablemente fuerte, sensible y lleno de piedad para el pobre ser humano que se debate en uno y en otro bando. Chabaud no recurre al maniqueismo, no pinta a uno de blanco y a otro de negro. Muestra las crueldades, las injusticias y las violencias en uno y en otro bando.

La noche de Hernán Cortés: Una obra que según dice el propio autor, Vicente Leñero, no tiene ni tesis histórica, ni propuesta ideológica, y que no obstante resulta impactante, extrañamente impactante, con un primer acto lleno de gritos, de imágenes que se desdoblan y multiplican, lleno de gente de las más distintas categorías, de ruidos y de desasosiego, lleno de recuerdos que el Hernán Cortés ya viejo encuentra en los ojos de obsidiana de la Malintzin. La obra contó con una brillante puesta en escena de Luis de Tavira, y con la magnífica interpretación de Fernando Balzaretti en el papel protagónico, así como con toda la Compañía Nacional.

Voz de la ciudad: Un espectáculo extraño, que rompe todas las reglas de teatro tradicional, que se presentó en el teatro Reforma, con la esplendida cantante de jazz, o mejor dicho de la canción contemporánea: Magie Bermejo. Que en ese caso nos demostró que no sólo sabía cantar sino que la actuación tanto dramática como cómica no le era ajenas.

El otro exilio: Especie de biografía incompleta del gran escritor francés contemporáneo: Albert Camus. El espectáculo que el grupo juvenil "El Taller del Sotano" ha realizado en el teatro Reforma, está hecho con briznas de la vida y de la obra de ese hombre genial, fallecido a los 47 años en un absurdo accidente autormovilistico en 1960. El drama se debe a Paulino y Rosa Sabugal, dos autores mexicanos y la puso en escena José Acosta Nava.

Cielo de abajo: De Jesusa Rodríguez. Esta joven y multifacética teatrista, que abarca texto, dirección, escenografía y la interpretación, llamó desde su primera aparición en el escenario poderosamente la atención de los actores, directores y público. Con un tema muy ambicioso que enfrenta la vida en el México prehispánico, o mejor dicho la muerte entre los indígenas. El espectáculo representa los avatares del viaje de cuatro años que dos mujeres muertas realizan en los reinos subterraneos. Tema muy ambicioso y muy bello, que lamentablemente las intérpretes no lograron captar en toda su grandeza. Y a fin de cuenta la representación resultaba malograda.

El diario prohibido de Alvar Costa: Con el grupo juvenil: Punto y Raya. Tres muchachos, Rafael Pérez Fons, Oscar Flores Aceves y Víctor Manuel Michel, y una actriz Teresa Guerra, encabezados por un director no menos joven que los demás Gilberto Guerrero, ofrecieron una obra muy compleja y extraña en un ex-convento, el de Churubusco. La pieza llevaba como título: El diario prohibido de Alvar Costa que no sabemos a ciencia cierta si realmente se basa en hechos reales descritos en su diario por un marinero loco: "Manuscrito cuyo frustrado editor, Luis de Calderón, por orden de la Santa Inquisición murió en la hoguera", o si es sólo debido a la imaginación de un escritor contemporáneo: Felipe de Jesús de Hernández". Difícil obra, dificiles interpretaciones y difícil puesta en escena, para las cuales ese breve grupo se entregó en alma y vida.

 

 

No todo lo que he visto es bueno, ni todo lo bueno lo he visto, resultaban muchas obras, muchas representaciones, muchas ambiciones juveniles, algunos fracasados, otros triunfantes. Pero todas llenas de sueños, de esperanzas, de ambiciones, de amor por el teatro. Y pensaba, tal vez, inutilmente. "Qué lástima que toda esa juventud enamorada del teatro, no encuentra en su camino a un Héctor Azar, o a un Héctor Mendoza, o a un personaje semejante que supiera reunirlos a todos, o por lo menos a muchos bajo la conducta de una mano fuerte y hábil y conocedora de las necesidades teatrales para transformarlos en elementos adaptados al cruel terreno que es el teatro".

Todavía hay mucho de que hablar, muchos de quienes esperar un porvenir digno de mejores tiempos. Aún falta mencionar las obras presentadas en este 1992, por los autores nacionales como Tomás Urtusástegui o Víctor Hugo Rascón Banda. Y también mencionar la actividad de los teatros veteranos, como el grupo de salas de Manolo Fabregas, formado por el San Rafael, el Manolo Fábregas y el Virginia Fábregas, que han ofrecido en cada uno de ellos, alguna obra tal vez no muy importante, y a cuya dirección faltaba la mano de Manolo Fábregas, pero que tuvo la virtud de reunir un conjunto artístico de actores de renombre, o simplemente de intérpretes de valor.al vez en los próximos escritos hablaremos de todo ello.

El 1992 ha terminado, pero el esfuerzo por vigorizar y modernizar el teatro mexicano, apenas comienza.