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   Se ha verificado en el Teatro Comonfort, el Festival de Verano 1968, en el que participaron nueve grupos teatrales de nuestra capital con las siguientes obras: ¡Libertad, Libertad! de Millôr Fernandes y Fabio Rangel; Hiel de flamingos de Ramón López Carrasco; Espacios, (espectáculo compuesto por dos obras:  Claroscuro y El sepulturero), de Adela Fernández; Romeo y Julieta, de Shakespeare; La chinche, de Mayakovski; Otra primavera, de Usigli; Todos son mis hijos, de Miller, Los cuatro y yo, espectáculo mímico y Testimonio de Rebeldes.

    Como en todo festival de este género, hubo para público y jurado, alegrías y sinsabores, descubrimiento de valores, junto a mediocridades, talento e ineficacia, todo revuelto como en el cubilete de los juegos de azar.

    De esa obras tres eran inéditas: Hiel de flamingos, Claroscuro y El sepulturero, la primera de Ramón López Carrasco, acumula todos los vicios del melodrama, dejando ver una influencia mal asimilada de autores como Tennessee Williams, no por su técnica, sino por sus temas. Cuando se aborda un tema como el de la homosexualidad, debe poseerse un dominio técnico de la composición dramática, si no se quiere naufragar en el mar de la obscenidad, o la vulgaridad que es lo que le sucedió al autor, quien por tratar de ser dramático, cayó inclusive

diorama teatral  

           festival de verano
1968

   por mara reyes

en el ridículo. Las otras dos obras, de Adela Fernández, tampoco fueron un dechado de virtud. Sus simbolismos son ingenuos, su poesía superficial, sin embargo, con estudio, Adela Fernández podría llegar a alcanzar otros niveles en sus obras futuras.

    Asistimos al Festival, en calidad de jurado, María Luisa Mendoza, Maruxa Vilalta, Malkah Rabell, Yolanda Argudín y quien esto escribe, habiendo otorgado los premios estipulados en la convocatoria publicada por el Departamento de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes, en la forma siguiente:

     Premio al mejor grupo, por su cohesión, disciplina y sentido del ritmo, al Grupo Teatral y Cinematográfico que interpretó La chinche.

     Premio al mejor director, por su alto sentido de la farsa

y su concepto del trabajo colectivo, en La chinche, a Adolfo Basi.

    Mención de honor por la concepción del montaje de Romeo y Julieta, y su realización plástica, a Eduardo Goycolea.

    Premio a la mejor actriz; repartido entre: Iliana Urueta y Celia Suárez. La primera por su expresividad dramática en el monólogo El sepulturero y la segunda por su sinceridad emotiva en Todos son mis hijos.

    Premio al mejor actor, por su trabajo mímico, pleno de frescura interpretativa en el espectáculo Los cuatro y yo, al mimo Xavier Cuevas.

   Diploma por su acertada actuación del papel de George Deever, en Todos son mis hijos,

 

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