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Se Alza el Telón

Camino a Broadway en el Manolo Fábregas

Malkah Rabell

Las obras del dramaturgo norteamericano, Neil Simon, nunca me han entusiasmado excesivamente. Nunca logré distinguir muy bien, si se trataba de melodramas, o de comedias. Para melodramas les faltaba fuerza dramática; para comedia carecía de la necesaria comicidad. Por lo mismo nunca supe en qué categoría colocarlos. Aunque a decir verdad, nunca me ha preocupado demasiado en qué gaveta acomodar una obra. Lo que más importa en un drama o comedia es que logre emocionar y entusiasmar al espectador, sea quien sea éste. Y precisamente es lo que le falta a Camino a Broadway. Parece como si esta obrita en dos actos, que trata de contar la biografía del propio autor, y la narra el propio escritor, le faltara "algo". No se muy bien qué. Tal vez "alma", o tal vez aliento dramático.

Y en el presente caso, no es posible acusar a los intérpretes de falta de capacidad o desconocimiento profesional. El reparto es extrañamente, para los tiempos que corren, bien compuesto. Muy pocas compañías, muy raros grupos independientes, cuentan con igual puesta en escena, con igual reunión de actores conocidos. Actualmente, cuando en México se cuenta con 8 teatros funcionando en su mayoría con actores aficionados o aprendices, el conjunto que interpreta Camino a Broadway está formado en cambio por actores conocidos, dueños de un nombre respetado desde mucho tiempo. En el presente caso, vemos en el papel femenino central, la esposa y la madre, a esa deliciosa actriz Sylvia Derbez; con los dos excelentes intérpretes masculinos Héctor Gómez y Rubén Rojo, completando el trío de primeras figuras. Y hasta en el pequeño papelito de una sola entrada en escena en el primer acto, figura Lorena Velázquez, que no es a decir verdad una comediante de muchos vuelos, pero que en sus tiempos lucía con mucha gracia tanto la ropa como la silueta, y en la presente puesta en escena luce un abrigo de pieles de nutria (a menos que sea de mink), no de muchos kilates, pero de muchos pesos, o dólares, que casi me sugería el deseo de buscar un marido rico. Pero lo más sorprendente en este reparto resulta la presencia de Demián Bichir. Un caso raro, un joven actor surgido del seno de una familia de actores profesionales, y quien se fue a los Estados Unidos en busca de gloria, aunque en México ya no le faltaban promesas de porvenir, pero en el vecino país encontró un rápido apoyo en una compañía, que abandonó por un tiempo, llamado por el teatro Manolo Fábregas para interpretar el papel del futuro escritor y dramaturgo, Neil Simon, que en la obra lleva el nombre de Eugenio y se presenta en sus años de formación, de juventud cuando aún sólo soñaba con la fama, la cual buscaba en compañía de su hermano mayor, que interpreta un muy joven y desconocido actor, Miguel Priego, que se inicia y que presenta todas las virtudes —juventud, agradable físico, y buena voz con clara dicción— para llegar muy lejos.

¿Qué nos ofrece Camino a Broadway? En realidad, hay muy poco de Broadway en esta creación de Neil Simon. Más bien berros Brooklyn, con la imagen —bastante pálida—, de una familia judía, donde los hijos ya crecidos sueñan con un porvenir de escritores en el brillante Broadway, Meca de todos los ingenios de su país, y también de la gente de teatro del mundo entero. Me imagino que en el original, debe ser una escena muy importante la del texto emitido por radio que representa el primer sketch de los dos hermanos. A mi me causó muy poca impresión, y creo que igual le pasa actualmente a todo el público, acostumbrado a ver en el escenario hasta escenas de televisión.

Pese a ese excelente reparto, parece que el público no acude con mucho entusiasmo al teatro Manolo Fábregas donde se ofrece la representación. Lo presencié el domingo 13 del presente mes, y pese a tratarse de un día de descanso la sala se veía bastante poco ocupada.

Lo único que llama la atención, negativamente en esta representación tan cuidadosamente presentada, donde hasta el simple decorado de la única escenografía, se debía a David Antón, y enmarcaba la puesta en escena de una manera muy interesante, fue la falta de una dirección más cuidadosa. Se debía a Otto Sirgo, si bien muy conocido como actor, en cambio completamente desconocido como director de escena, aunque según el progerama de mano ya se destacó en el manejo de obras como Heredarás el viento, Luces de Boehmia y Ricardo III. Lo que me parece bastante raro, porque si bien ya no recuerdo a quiénes pertenecía la dirección de dichos dramas, tampoco mi memoria retiene el nombre de Otto Sirgo.

Pero no es la falta de celebridad de Sirgo en dicha actividad teatral —la más difícil y responsable de toda la representación—que molesta, sino la falta de un tempo más vivo, más dinámico que no deje decaer el interés por la obra.