diorama teatral
festival
de teatro nuevo
por mara reyes
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Teatro Reforma. Obras:
Debido al esfuerzo
conjunto del Organismo de Promoción Internacional de Cultura (OPIC), de la Secretaria
de Relaciones Exteriores, de la Comunidad Latinoamericana de Escritores y de la
Unidad Artística y Cultural del Bosque, se ha inaugurado el Primer Festival de
Teatro Nuevo de Latinoamérica que tiene como mira primordial “establecer
posteriormente una escena permanente, dedicada a representar en México las
obras más significativas de la creación dramática de América Latina”, pero
independientemente de que se logre la meta señalada, la realización de este
festival es en sí, un suceso de gran importancia para el teatro latinoamericano,
tan olvidado por nuestros directores. La evolución del teatro de habla hispana,
en América, depende de nosotros, y pues el teatro es vivo, debe vivir en nuestros
escenarios para que no se estanque en viejas fórmulas. Ojalá pudiera
establecerse en todos los países de América una comunicación real a través de
nuestro teatro; que no sólo tiene en común el idioma, sino su problemática
social, política y económica. Sea pues bienvenida esta iniciativa, que
seguramente rendirá buenos frutos.
Las tres primeras
obras (en un acto) seleccionadas para iniciar el Festival, fueron dirigidas por
Héctor Mendoza. Se trata de: Los de la mesa diez, de Osvaldo Dragún, de Argentina; El caso se investiga, de Antón Arrufat, de Cuba y Segundo asalto de José de Jesús
Martínez, de Panamá.
La primera, de corte realista,
y las dos últimas, siguiendo la línea del teatro del absurdo, pero presentando
dos de sus caras -como un desdoblamiento de una
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obra ionesquiana: El
caso se investiga toma el aspecto jocoso, chispeante de lo absurdo,
es la farsa pura, en cambio Segundo asalto, es una obra
meditativa, de introspección íntima, que indaga dentro del ser para poder hallar
un camino a la comunicación humana.
De estas obras, se conocía en
México la de Dragún, gracias a la gira que hizo hace
algunos años el grupo argentino Los 21, dirigido por Carlos Catania, pero las
otras dos obras fueron de estreno riguroso.
Cuando se pone una obra en la
que abundan los giros del lenguaje local de algún país -o de alguna provincia-
el director se encuentra ante una alternativa peligrosa, o bien monta la obra a
sabiendas de que una buena parte del diálogo no será comprendida por el
público, o bien se “traducen” los giros idiomáticos por otros equivalentes,
propios del lugar donde se representa la obra, a riesgo de atentar contra el
autor. Héctor Mendoza se decidió por la segunda disyuntiva. Ignoro quién hizo
la adaptación de la obra de Dragún, pero resultó excelente,
pues sin perder su localización, ni su calidad literaria, pudo ser comprendida
en todos sus detalles por el público. (No se confunda este tipo de adaptación hecho para beneficio del autor y del público, con otro género de adaptaciones,
tan en boga en México, que “mexicanizan” la obra para comercializarla, y sólo
consiguen echarla a perder).
Lo extraordinario de este primer
programa, además del interés que suscitan las tres obras montadas, es la forma
ejemplar en que las dirigió Héctor Mendoza, dando a cada una de ellas el estilo
apropiado. En la primera, el enfrentamiento de los dos adolescentes con el
mundo que los rodea, tuvo como característica la sencillez técnica. Sólo el gesto
esencial, la interpretación escueta de un problema, sin apoyaturas ni alardes
innecesarios. En la segunda, por lo contrario, Mendoza consiguió, valga la
expresión, el barroquismo de la risa, el juego burlesco trabajado en
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cada frase, como medio y fin -a un tiempo- para el mensaje
irónico que el autor se propuso. Y en la tercera, la arquitectura planificada
de niveles superpuestos y planos entreverados, en correspondencia con la
ósmosis de tiempos y espacios que el texto sugiere.
En cuanto a las actuaciones,
Marta Navarro hace una creación inolvidable de la Eulalia de El
caso se investiga, ¡Qué derroche de dones histriónicos! ¡Qué gracia! Cada gesto, cada ademán está pulido por todas
sus facetas, como un diamante. Otro prisma de igual brillo es la interpretación
que hace de Amelia, Mabel Martín. Su comicidad no es la caricatura fincada en
la exageración y los rasgos gruesos, sino el dibujo fino del artista que satiriza
sin herir, jugando con el estilete de la burla, como el prestidigitador que obra
su magia por ilusionismo y no por brujería.
Otros actores también expusieron
diversidad de cualidades: Angelina Peláez, su sinceridad, igual que Adrián
Ramos. Ambos dan a la primera obra toda su dimensión, que va desde el juego,
hasta la angustia; desde la ternura, hasta la desesperación. Van viviendo y
transformándose en escena, a la vista del espectador, lo que significa una
entrega total de los actores a sus personajes.
Si en una obra de tipo
realista sacar adelante una obra que tiene sólo dos personajes, es una tarea de
gran envergadura, en una donde no existe propiamente una anécdota, y donde todo
es sugerencia, símbolo, planteamiento filosófico, introspección del ser y la
pareja, como entidad óntica, las dificultades se
multiplican hasta el infinito. Y Claudia Millán, lo mismo que Julián Pastor, no
soslayaron las dificultades con efectismos, sino que se internaron en sus
personajes, y no sólo no se perdieron en la maraña, sino que supieron salir
ilesos, después de haber sumergido al espectador, junto con ellos, en su jungla
de emociones.
Un aplauso para el
director, los actores, el escenógrafo, y para todos los que intervinieron en esta realización.
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