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Se Alza el Telón

Malkah Rabell

Chin, Chun, Chan, risa, canto y baile

Indudablemente, lo que más busca la mayoría del público que visita el teatro por lo menos una vez al mes, es la diversión, la risa y a veces el llanto. Porque también el llanto emociona y "divierte mucho". Creo que por lo menos el 80 por ciento de los espectadores, y tal vez hasta el 90 por ciento van en busca del pasatiempo y no buscan en absoluto ni educación ni nuevos ni altos pensamientos. ¿Qué encuentra ese espectador en una representación como Chin, Chun, Chan, puesta en escena en el teatro Julio Castillo con la Compañía Nacional? Desde luego el auditorio actual, que abandonó la pantalla cinematográfica por el escenario teatral, y se alejó de la revista comercial para elegir la Compañía Nacional busca algo más complejo y hasta desconocido para él mismo que el auditorio de hace 90 años en aquel principio de siglo cuando se estrenó en 1904 ese Chin, Chun, Chan, escrito por Pepe Elizondo. ¿Y cómo reacciona ante tanta simpleza del montaje en el Julio Castillo el nuevo espectador? Ríe, sin duda; tampoco deja de aplaudir. ¿Pero acaso lo hace con todo el corazón y todo el convencimiento? ¡Creo que no! Por más que adornen ese Chin, Chun, Chan, en el Julio Castillo con un despliegue de lujosa escenografía y no menos lujosa vestimenta debidas ambas a David Anton; por más que los coros y bailes se deban a buenas voces y a bonitas "girls"; por más que la luminosidad sea producida por luces multicolores donde se destacan los tres colores de la bandera, se me hace que el espectáculo no convence del todo al auditorio.

No hay que olvidar que en los tiempos cuando se estrenó en México Chin, Chun, Chan, el público teatrista estaba acostumbrado a las revistas sencillas, en su desnudez de tres paredes y sus diálogos entre cómicos desprovistos de toda preocupación por los valores literarios, y no obstante contaba a pesar de su modestia, con la presencia de una actriz como Esperanza Iris, que era un ídolo. En cambio, en el Julio Castillo, pese a sus 40 figuras que bailaban, cantaban y actuaban, en esa nueva versión del Chin, Chun, Chan, debida a la dirección y adaptación de Enrique Alonso, los ídolos se hallan ausentes y la mayoría de los intérpretes resultan desconocidos, fuera de uno o dos o tres actores más populares. También en esa nueva versión, en lugar de las chuscas escenas de burla y crítica acerca de la política y de los políticos conocidos por cada uno de los espectadores, el nuevo texto escénico saca a relucir a Victoriano Huerta, hace mucho olvidado por el actual auditorio y para muchos hasta desconocido. Ciertamente, el público que el 11 de octubre ocupaba tan sólo la mitad de la sala del Julio Castillo, reía y aplaudía, pero sin mucho convencimiento.

Además, en estos años desde que surgió el nuevo teatro mexicano, se hizo presente un absorbente elemento bastante indiferente en el teatro anterior: la obra, la pieza, el drama, el texto recitado y actuado por el actor. Hace unos veinte años, me decía en una entrevista el famoso maestro de todos los mejores actores de nuestra falange histriónica, Dimitrios Sarras, que ya hace algunos años falleció: —Cuando una obra gusta el público perdona todas las demás ausencias. Ya pueden disgustar los actores, faltar la escenografía y estár ausente la dirección... La obra lo es todo...

¿Acaso se puede considerar como obra teatral, como comedia o pieza esa pequeña historia chusca de un ciudadano mexicano de principio del siglo que al huir de las garras de su esposa, una viria, se disfraza de chino y trata de esconderse entre los 250 mil habitantes de la capital. Y sin embargo termina por estar encontrado y apaleado por su dulce cónyuge. El actual Chin, Chun, Chan, —interpretada esta figura por Enrique Alonso— carece de texto teatral, pese a deberse su dramaturgia a nuestro famoso escritor Vicente Leñero. En cambio presenta numerosos números musicales, en vivo, debidos a la música de Fernando Méndez Velázquez; cuenta con múltiples bailes regionales y fantasiosos bajo la coreografía de Marko San Román, con 40 participantes entre quienes no faltan las bellas voces y el temperamento dancístico, así como algunos actores conocidos como Angélica Castany, René Azcoitia, Carmelita Sagredo y desde luego el mismo Enrique Alonso, quien es además el adaptador, el director y el primer actor, y quien se dedicó en cuerpo y alma a preparar este espectáculo, que los alemanes llaman: Klain Kanst y que podemos traducir a nuestro español como "Arte Menor" o "género chico".