Se Alza el Telón
Malkah Rabell
Tirano Banderas con Ignacio López Tarso
Y sigue la cosecha de fracasos. Aunque éste se nos hace más doloroso por los valores que contienen la puesta en escena de esta novela dramatizada de don Ramón María Valle Inclán, en su versión escénica arreglada por nuestro compatriota Llovet, con, en el papel principal, en la figura central el conocido y siempre popular y amado por el público actor, Ignacio López Tarso, quien tuvo la debilidad de erigirse en director de escena, aunque no lo llama así en el programa de mano, sino "Coordinador", como asustado por la palabra y el hecho de ser un director, con todos los peligros que esta responsabilidad conlleva.
Pues he aquí un actor ya famoso que supo rodearse de un grupo numeroso no tanto de primeras figuras, como de figuras profesionales, conocedoras de su oficio y de sus necesidades. Hasta le debemos agradecer, a este intérprete de Tirano Banderas, de la presencia en el montaje de una escenógrafa como Félida Medina, que desde mucho desapareció de las tablas capitalinas, absorbida por sus ocupaciones de maestra, de educadora profesional de la escenografía en la Escuela dramática del Bellas Artes.
Y sin embargo, con tantos "ases" en la mano, López Tarso parece fracasar. El espectáculo no gusta a la mayoría del público. A veces aburre, y otras veces, simplemente se escapa a nuestra atención. Muchos proclamaban que ello se debe a la falta de teatralidad del texto dramatizado. No lo creo así del todo. Las obras de Valle Inclán, casi todas sus novelas, han servido para texto escénicos. Cualquiera de sus biógrafos dirá que "del teatro en verso pasó al teatro en prosa o mejor dicho a novelas en forma teatral", entre las cuales figuran Los esperpentos, y Las farsas. Tan sólo el nombre de "Farsa" ya le da una categoría teatral. Sin embargo para quienes Valle Inclán disgusta, y éstos son mucho más numerosos de lo que se supone, uno de sus biógrafos, que se me hace muy original, Gerald Brenan, ha elaborado la siguiente tesis: "valle Inclán es un escritor que no se parece a nadie. Las raíces de su arte están en una presunción y en una jactancia fantástica, apenas tienen en cuenta la existencia de los demás, salvo como público, y buena parte de sus mejores obras se parecen mucho a una exhibición de lenguaje de carretero. No hay que buscar en sus libros ideas o emociones, sino simplemente ataques verbales y sensaciones fuertes. Desde el punto de vista artístico hay en ellos muchas cosas que inducen a la cavilación, porque Valle Inclán tenía escasa facultad para organizar sus talentos. Pero en nuestros castrados tiempos, todo aquel capaz de emplear un lenguaje tan rico y arrogante como el suyo —y con tales chispazos de poder imaginativo— merece una alta estima. Una vez sacados a relucir todos sus defectos, sigue siendo un escritor que interesa y estimula".
Después de semejante análisis empiezo a perder mi complejo de culpablidad por no soportar a Valle Inclán desde los tiempos cuando vi sus obras por primera vez.
Historia de un tirano de nacionalidad mexicana, aunque gran parte del público lo consideraba una mezcolanza de caracteres Latinoamericanos, y más bien lo colocaba entre las fronteras de Perú. Personaje que casi puede ser designado por una época histórica, a fines del siglo XIX y principio del XX, y no deja de recordar a Porfirio Díaz.
Lástima que este drama no logra crear un ambiente más sólido, más dramático, con carácteres, con tipos más creíbles. Todo en este Tirano Banderas resulta disperso, y nunca toca el fondo de las cosas y de la gente. Algunas escenas son en realidad insoportables, como ésas que pretenden darnos una imagen de un diplomático homosexual, que hasta parece ridícula, porque esa clase de gente sabe muy bien esconder sus vidas privadas y sus defectos domésticos. Interpretado por José Luis Padilla, no tiene casi nada para lucirse, como le sucede a la mayoría del reparto. Aun más ridículo que el propio ministro, Barón de Benicarlos, resultaba su supuesto amante, Miguel Ángel Morales, que parecía un perfecto estúpido. El único intérprete que se hacía creíble, y hasta agradable, resultaba Rolando de Castro como Don Celerino Galindo. Hasta una actriz como Socorro Avelar sólo tuvo una escena única en la cual casi no abrió la boca. De lo que pudo constatar el escritor español en su visita de 1892 y 1893, a México dijo con mucha razón: "Las revoluciones suelen transformarse en dictaduras".
En realidad, el único papel importante, en torno de quien gira toda la acción, o la falta de acción, es la figura del Tirano Banderas, aunque tampoco éste es un papel que tiene unas grandes posibilidades de lucir riquezas de actuación. Ignacio López Tarso le da a su interpretación del bárbaro dictador sus diversas facetas de carácter complicado, de farsante, de mentiroso y de crueldad. Pero, por más complicado que sea semejante personaje, se nos hace difícil creer de que fuera el asesino de su propia hija. Gesto demasiado melodramático. Pero el adaptador Enrique Llovet: "supo respetar y elegir sin cambiarle a Valle Inclán ni una tilde", según reza el programa de mano.
El final de la obra de acción rápida, ágil y tensa, me parece lo mejor de la representación. Aunque a decir verdad lo mejor del espectáculo me pareció la escenografía de Félida Medina, tan constantemente cambiante, con sus decorados que subían y bajaban, con sus tramoyistas y los mismos actores que cambiaban y desplazaban las distintas fracciones de la escenografía, tan al estilo de Bertold Brecht.