Se Alza el Telón
Malkah Rabell
Los encuentros, de Juan Tovar
¿Por qué será que cada vez cuando se trata de reproducir la obra de Juan Rulfo: Pedro Páramo, ya sea en un escenario de teatro o en la pantalla cinematográfica resulta un fracaso? Y vuelve a fracasar el drama —o quien sabe cómo podríamos llamarlo— del joven escritor, Juan Tovar: Los encuentros, basado no sólo en la novela rulfiana, su única novela, sino en diversos relatos, como Diles que no me maten, que hace parte de El llano en llamas, antología de cuentos.
Todos esos textos forman como un collage del cual hasta el título pertenece a Rulfo, tomado de Pedro Páramo, donde desde las primeras páginas un desconocido, que se dice hijo de Pedro Páramo espera en un lugar llamado: Los encuentros a otro desconocido que va a ese pueblo que llegó a ser famoso tanto en la literatura como en la realidad: Comala.
Tal vez los fracasos se deban a que el lenguaje rulfiano no logra transmitir la misma fuerza, el mismo dramatismo una vez pasado por el tamiz de una escritura ajena; una vez transformado en cine o teatro, las imágenes pierden su significado. Juan Tovar es un dramaturgo poco representado, aunque ya ha publicado tres bellísimos dramas de la vida y de la historia mexicanas: Las adoraciones, La madrugada y El destierro. En cuanto a Los encuentros, presentado actualmente por un grupo de la Compañía Nacional en el teatro: Jiménez Rueda, la reunión de todos esos textos, sólo producen escenas simples, a veces folklóricas, cuando en Rulfo las palabras más sencillas producen temblor y crean las más terribles imágenes. No sugieren moral, ni filosofía, ni programas políticos las escenas dramáticas. Y sin embargo cada frase en Rulfo sacude y maravilla, a veces ni siquiera se sabe por qué, cuando en otros autores se transforma en simples hechos a veces aburridos, otras veces monótonos. Juan Tovar, que no deja de ser apasionante en los dramas realizados con su propia prosa no provoca ni belleza, ni emoción cuando se basa en Rulfo. No hay en estos Encuentros ningún hilo conductor de unidad de argumento, y si en Rulfo en sus dos únicos libros cuando algo permanece oscuro, podemos releerlos, lo que hacemos una y otra vez, por simple gusto; en Tovar casi la obra entera nos deja fríos y sin comprender muchas cosas.
En cuanto a la puesta en escena de Mauricio Jiménez, es de una gran pobreza dramática y artística. Es otro de los tantos directores desconocidos actualmente. Y aunque dispone de un numeroso reparto, ninguno de los intérpretes logra lucirse, ni crear un carácter que conserve nuestra memoria. El único actor conocido ya como primera figura, es el excelente intérprete Salvador Sánchez, y ni siquiera él pudo lucirse. Le han encargado demasiados personajes, sin dejarle imponerse en ninguno, y confundimos al Profesor con el Coronel, al Delegado con el Padre. No es posible que el mismo actor realice en un tiempo demasiado reducido de un acto único tantas transformaciones, no hay para ello ni tiempo ni posibilidades físicas.
Ni siquiera pudo lucirse la escenografía debida al brillante artista plástico, José de Santiago, que sólo colaboró en la asesoría escenográfica. El escenario quedó desnudo cubierto todo entero de una alfombra amarillenta que sugería la desolación de un llano (el de Llano en llamas) o de un páramo (de Pedro Páramo).
Ni la música de Alejandra Hernández, ni la iluminación de Elena Marsen, y aun menos el vestuario de Adriana Olvera (vestuario que en una obra como Los encuentros es absolutamente inútil) fueron de gran ayuda para valorar la puesta en escena de esa pieza en un acto pero de excesivamente numeroso reparto para el cual los diez actores no se daban abasto y se necesitaba contar por lo menos con el doble.
Lástima de un dramaturgo de la fuerza de Juan Tovar que quisiéramos ver con una obra como Las adoraciones.